sábado, 16 de mayo de 2026
Entre niños e Imperios
Nunca entendí por qué los grandes se creen dueños de las cosas apenas las nombran.
Yo también lo hacía de chico.
Veía una hormiga y decía “mi hormiga”.
Veía una piedra brillante y decía “mi tesoro”.
Si un perro me seguía dos cuadras, ya sentía que me pertenecía.
Quizás todos los niños creen que el mundo empieza cuando ellos lo miran.
Nosotros también.
Durante meses viajamos sobre un agua interminable, convencidos de que delante nuestro no podía existir nada que no hubiera sido pensado antes por nosotros. El océano era tan largo que parecía un castigo. A veces el cielo y el mar se unían en una sola línea azul, como si Dios hubiera cerrado el mundo con una costura.
Los hombres empezaban a pudrirse de miedo.
Dormían abrazados a estampitas, rezaban, lloraban escondidos. Algunos juraban que caeríamos por el borde de la Tierra. Otros decían que monstruos gigantes nos estaban siguiendo bajo el agua negra.
Pero yo seguía mirando adelante.
Porque los niños creen que detrás de cada puerta hay algo nuevo.
Y los hombres como nosotros también, solo que después le ponen bandera.
La noche anterior al descubrimiento casi nadie durmió. El viento olía distinto. Había ramas flotando. Un pedazo de madera trabajada por manos humanas. El mar empezaba a hablar un idioma terrestre.
Entonces apareció.
Primero fue una sombra.
Después una mancha verde.
Después pájaros.
Después humo.
Y finalmente ellos.
Salieron entre los árboles semidesnudos, observándonos con una mezcla extraña de miedo y curiosidad. No parecían sorprendidos por el cielo ni por el mar. Nos miraban a nosotros como si fuéramos animales raros escapados de otro mundo.
Uno de mis hombres cayó de rodillas y besó la arena.
Otro levantó una cruz.
Otro lloró.
Yo sonreí.
Porque en ese instante sentí la emoción más peligrosa que puede sentir un ser humano: la ilusión de haber encontrado algo virgen para su ambición.
Ellos nos ofrecieron agua.
Nosotros les ofrecimos nombres.
Ahí empezó todo.
Recuerdo especialmente a un niño. Tendría mi edad cuando yo todavía creía que las hormigas me pertenecían. Se acercó despacio y tocó la tela roja de mi capa. Sus ojos no tenían miedo todavía. Solo curiosidad.
Me miró como se mira una tormenta lejana.
Yo debería haber entendido algo en ese momento.
Debería haber comprendido que un pueblo que recibe con las manos abiertas no sabe todavía que existen hombres capaces de cerrar el puño.
Pero nosotros veníamos de un mundo donde todo tenía dueño: la tierra, el oro, los cuerpos, las ideas, hasta Dios.
Y cuando uno vive así demasiado tiempo, termina creyendo que descubrir es lo mismo que poseer.
Esa fue nuestra enfermedad.
Decíamos “civilización” igual que un incendio podría llamarse a sí mismo “luz”.
Ellos ya tenían canciones antes de escucharnos rezar.
Ya tenían dioses antes de nuestras cruces.
Ya tenían historia antes de nuestros mapas.
Pero nosotros escribíamos libros.
Y los libros europeos tienen la mala costumbre de confundirse con la verdad.
Años después, otros hombres hablarían de gloria.
Dirían que fuimos valientes.
Que atravesamos mares imposibles.
Que expandimos el mundo.
Nunca dirían que también trajimos hambre con armadura, codicia con Biblia y muerte vestida de imperio.
Los niños creen que el mundo empieza cuando ellos lo descubren.
Los imperios también.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)