jueves, 30 de julio de 2026

LA OTRA SALIDA


«Nadie sale indemne del rostro que los otros le atribuyen.»
—Fragmento de un cuaderno encontrado en el Norte.



Hay quienes sostienen que los laberintos fueron concebidos para impedir la fuga. Sospecho lo contrario. Todo laberinto es una forma de demorarse en la búsqueda de una salida que acaso no exista. La línea recta es la superstición de quienes nunca estuvieron perdidos.
Conocí a dos hombres cuyo destino consistió en recorrer un mismo laberinto bajo arquitecturas distintas.
Uno ignoraba el mundo. Sabía de corredores, patios innumerables y de una claridad que descendía, algunas tardes, desde un sitio inaccesible. Creía que el universo podía reducirse a una casa cuya perfección residía en repetir eternamente sus formas. No se sentía preso de sus muros. Se sabía cautivo de una espera cuyo sentido ignoraba. Tal vez la espera fuera el verdadero edificio.
El otro ignoraba la casa. Aprendió que el horizonte puede ser otra clase de pared y que los caminos, aun cuando prometen libertad, suelen conducir con obstinación hacia el primer dolor. Cruzó ciudades, bosques, hielos y mares; jamás consiguió alejarse del instante inicial que lo había expulsado del sueño. Sospechó, más de una vez, que el mundo era un laberinto cuya única salida consistía en recorrerlo entero. Más tarde comprendió que ni siquiera esa empresa —si es que el mundo admite un entero— bastaría.
Uno atribuía su desdicha al encierro; el otro, al mundo. Ambos confundían el escenario con la causa, porque ningún muro encierra tanto como una memoria.
No hablaron. Las conversaciones verdaderas prescinden de palabras. Basta que una conciencia descubra en otra la forma secreta de su propia herida. Hay diálogos que necesitan una voz; otros —más antiguos— se limitan a esperar que dos pensamientos recorran la misma galería.
Uno sospechaba que el miedo habitaba en el rostro de los hombres. El otro comprendió que eran los hombres quienes depositaban el miedo sobre ciertos rostros. Ninguno llegó a saber si el monstruo nace de la carne o de la mirada ajena; quizá esa incertidumbre sea la única definición posible.
Los dos aguardaban un padre. Uno heredó un reino del que nunca pudo abandonar; el otro heredó una existencia que nunca pidió. Los dos fueron educados por el abandono. No es imposible que todas las genealogías desemboquen, tarde o temprano, en esa forma del desamparo.
Con el tiempo descubrieron que la monstruosidad no es una condición del cuerpo, sino una interpretación ajena. El sufrimiento, en cambio, rara vez necesita intérpretes.
El primero imaginaba que alguien recorrería, alguna vez, los interminables corredores para concederle aquello que ningún espejo otorga: el conocimiento de sí. El segundo creyó que bastaría atravesar el mundo para abandonar el primer cuarto donde abrió los ojos. Ninguno comprendía que ambos buscaban la misma puerta.
Los hombres suelen creer que existen muchos laberintos. Los marinos los llaman océanos; los geógrafos, continentes; los arquitectos, ciudades; los filósofos, tiempo; los teólogos, destino. Acaso todos designen la misma cosa. O acaso el error consista en creer que los nombres multiplican aquello que permanece idéntico.
Uno esperaba a un redentor. El otro fabricó al suyo bajo la forma de una persecución interminable. También esa diferencia era ilusoria, porque la redención y la venganza son, a veces, nombres distintos para una misma esperanza. Hay destinos que parecen contrarios y, sin embargo, se buscan desde siempre; quizá desde antes del primer hombre, quizá desde la primera sombra.
He pensado —sin demasiada convicción— que ambos recorrieron el mismo laberinto. Uno creyó habitarlo desde el centro; el otro, desde la periferia. Ignoraban que todo centro termina siendo una periferia cuando el laberinto decide prolongarse.
Muchos siglos después, un lector creyó descubrir que aquellas dos vidas eran paralelas. Otro sostuvo que una simbolizaba el encierro y la otra la errancia. Un tercero habló de la inocencia del monstruo. Ninguno advirtió que el manuscrito que leían había omitido un detalle.

domingo, 26 de julio de 2026

PENSAMIENTOS 2


Hay heridas que no se ven.
Son esas que no sangran,
pero arden cuando alguien
se acerca sin avisar.
No porque no queramos cariño.
Sino porque ya hemos aprendido,
a fuerza de golpes, que hay manos
que no abrazan: invaden.
Y cuando eso pasa,
el cuerpo se encoge antes que el alma.
No es desprecio.
Es memoria.
Es el instinto que nos enseñó
a proteger lo que aún late.
A veces, el otro llega con flores
y uno solo puede ver las espinas.
No es que no valore su intento.
Es que ya no confía en las buenas intenciones.
Porque demasiadas veces,
las buenas intenciones también lastimaron.
Y entonces uno prefiere el silencio.
La distancia.
El borde.
Desde ahí duele menos.
Pero hay algo que el tiempo —ese terco maestro—
nos va mostrando en voz baja:
No podemos sanar a nadie.
No podemos cargar lo que no nos pertenece.
No podemos salvar a quien no quiere
ser salvado.
Y aunque nos parta el alma,
soltar es un acto de amor.
No es abandono.
Es respeto.
Es entender que cada quien
tiene su propio reloj, su propio camino,
su propia manera de despertar.
Dejar ir también es quedarse.
Es quedarse con la certeza
de que hicimos lo mejor que supimos
con lo que teníamos.
Es confiar en que la vida
—esa que siempre sabe—
hará lo que nosotros ya no podemos.
Soltar es dar espacio para que el otro
se encuentre consigo mismo.
Y apostarle, todavía,
a que ese encuentro lo haga libre.
Eso también es amar.
Y amar bien.
Amar muy bien.
Romi Ponzio

sábado, 25 de julio de 2026

PENSAMIENTOS 1


No todo el que golpea una puerta está buscando entrar.
A veces solo quiere comprobar que del otro lado todavía hay alguien.
Hay personas que aprendieron a esconder el miedo detrás de una carcajada. Otras lo disfrazan de enojo, de silencio, de orgullo, de una frase seca que parece echarte cuando, en realidad, te está rogando que te quedes.
Porque nadie nace sabiendo cómo decir: "me duele", "abrazame", "tengo miedo", "no quiero estar solo".
Entonces inventamos idiomas. Uno llora. Otro discute. Otro desaparece. Otro sonríe demasiado. Cada cual hace con su herida lo mejor que puede.
No juzgues tan rápido las formas. Las personas no siempre eligen el modo en que el dolor aprendió a hablar por ellas.
Hay días en que una pregunta sincera vale más que un consejo. En que un silencio compartido cura más que cien discursos. En que una mano apoyada en un hombro le recuerda a alguien que todavía pertenece al mundo.
Qué poco cuesta, a veces, mirar de verdad.
Mirar sin reloj. Escuchar sin preparar la respuesta. Abrazar sin medir. Quedarse aunque no haya nada para resolver.
Porque hay batallas que no necesitan héroes.
Solo necesitan que alguien no se vaya.
Y quizás, cuando llegue el día en que seas vos quien no encuentre las palabras, descubras que la esperanza siempre tuvo el mismo rostro:
alguien que decidió quedarse un rato más, sin preguntar demasiado, haciendo del cariño un lugar donde descansar.
Porque, al final, todos cargamos alguna ausencia.
Y casi siempre, la forma más hermosa de ayudar es recordarle al otro que no tiene por qué cargarla en soledad.


Romina Ponzio

sábado, 16 de mayo de 2026

Entre niños e Imperios

Nunca entendí por qué los grandes se creen dueños de las cosas apenas las nombran. Yo también lo hacía de chico. Veía una hormiga y decía “mi hormiga”. Veía una piedra brillante y decía “mi tesoro”. Si un perro me seguía dos cuadras, ya sentía que me pertenecía. Quizás todos los niños creen que el mundo empieza cuando ellos lo miran. Nosotros también. Durante meses viajamos sobre un agua interminable, convencidos de que delante nuestro no podía existir nada que no hubiera sido pensado antes por nosotros. El océano era tan largo que parecía un castigo. A veces el cielo y el mar se unían en una sola línea azul, como si Dios hubiera cerrado el mundo con una costura. Los hombres empezaban a pudrirse de miedo. Dormían abrazados a estampitas, rezaban, lloraban escondidos. Algunos juraban que caeríamos por el borde de la Tierra. Otros decían que monstruos gigantes nos estaban siguiendo bajo el agua negra. Pero yo seguía mirando adelante. Porque los niños creen que detrás de cada puerta hay algo nuevo. Y los hombres como nosotros también, solo que después le ponen bandera. La noche anterior al descubrimiento casi nadie durmió. El viento olía distinto. Había ramas flotando. Un pedazo de madera trabajada por manos humanas. El mar empezaba a hablar un idioma terrestre. Entonces apareció. Primero fue una sombra. Después una mancha verde. Después pájaros. Después humo. Y finalmente ellos. Salieron entre los árboles semidesnudos, observándonos con una mezcla extraña de miedo y curiosidad. No parecían sorprendidos por el cielo ni por el mar. Nos miraban a nosotros como si fuéramos animales raros escapados de otro mundo. Uno de mis hombres cayó de rodillas y besó la arena. Otro levantó una cruz. Otro lloró. Yo sonreí. Porque en ese instante sentí la emoción más peligrosa que puede sentir un ser humano: la ilusión de haber encontrado algo virgen para su ambición. Ellos nos ofrecieron agua. Nosotros les ofrecimos nombres. Ahí empezó todo. Recuerdo especialmente a un niño. Tendría mi edad cuando yo todavía creía que las hormigas me pertenecían. Se acercó despacio y tocó la tela roja de mi capa. Sus ojos no tenían miedo todavía. Solo curiosidad. Me miró como se mira una tormenta lejana. Yo debería haber entendido algo en ese momento. Debería haber comprendido que un pueblo que recibe con las manos abiertas no sabe todavía que existen hombres capaces de cerrar el puño. Pero nosotros veníamos de un mundo donde todo tenía dueño: la tierra, el oro, los cuerpos, las ideas, hasta Dios. Y cuando uno vive así demasiado tiempo, termina creyendo que descubrir es lo mismo que poseer. Esa fue nuestra enfermedad. Decíamos “civilización” igual que un incendio podría llamarse a sí mismo “luz”. Ellos ya tenían canciones antes de escucharnos rezar. Ya tenían dioses antes de nuestras cruces. Ya tenían historia antes de nuestros mapas. Pero nosotros escribíamos libros. Y los libros europeos tienen la mala costumbre de confundirse con la verdad. Años después, otros hombres hablarían de gloria. Dirían que fuimos valientes. Que atravesamos mares imposibles. Que expandimos el mundo. Nunca dirían que también trajimos hambre con armadura, codicia con Biblia y muerte vestida de imperio. Los niños creen que el mundo empieza cuando ellos lo descubren. Los imperios también.