No todo el que golpea una puerta está buscando entrar.
A veces solo quiere comprobar que del otro lado todavía hay alguien.
Hay personas que aprendieron a esconder el miedo detrás de una carcajada. Otras lo disfrazan de enojo, de silencio, de orgullo, de una frase seca que parece echarte cuando, en realidad, te está rogando que te quedes.
Porque nadie nace sabiendo cómo decir: "me duele", "abrazame", "tengo miedo", "no quiero estar solo".
Entonces inventamos idiomas. Uno llora. Otro discute. Otro desaparece. Otro sonríe demasiado. Cada cual hace con su herida lo mejor que puede.
No juzgues tan rápido las formas. Las personas no siempre eligen el modo en que el dolor aprendió a hablar por ellas.
Hay días en que una pregunta sincera vale más que un consejo. En que un silencio compartido cura más que cien discursos. En que una mano apoyada en un hombro le recuerda a alguien que todavía pertenece al mundo.
Qué poco cuesta, a veces, mirar de verdad.
Mirar sin reloj. Escuchar sin preparar la respuesta. Abrazar sin medir. Quedarse aunque no haya nada para resolver.
Porque hay batallas que no necesitan héroes.
Solo necesitan que alguien no se vaya.
Y quizás, cuando llegue el día en que seas vos quien no encuentre las palabras, descubras que la esperanza siempre tuvo el mismo rostro:
alguien que decidió quedarse un rato más, sin preguntar demasiado, haciendo del cariño un lugar donde descansar.
Porque, al final, todos cargamos alguna ausencia.
Y casi siempre, la forma más hermosa de ayudar es recordarle al otro que no tiene por qué cargarla en soledad.
Romina Ponzio
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