jueves, 27 de agosto de 2026

EL MINISTERIO DE LO ÚTIL


No puedo precisar el año en que comenzó la Reforma. Algunos documentos hablan de 2041; otros, quizá deliberadamente, de 2038. La diferencia es irrelevante. Los historiadores del Ministerio sostienen que la transformación había comenzado mucho antes, cuando alguien decidió que todo aquello que no pudiera medirse debía considerarse sospechoso. Yo enseñaba Literatura. Esa palabra requiere una explicación. En aquellos años todavía existían asignaturas cuyos nombres no indicaban de manera inmediata su utilidad económica. Literatura era una de ellas. También Filosofía, Música, Historia del Arte y algo que los programas llamaban, con cierta ingenuidad, Construcción de Ciudadanía. La Reforma terminó con esa anomalía.
Literatura pasó a llamarse Comprensión Estratégica de Textos Aplicados. Matemática se convirtió en Cálculo para la Producción, Historia fue Análisis de Antecedentes para la Toma de Decisiones.
Las materias artísticas desaparecieron sin decreto. Simplemente dejaron de figurar.
Una circular ministerial explicó que ningún saber había sido eliminado: había sido «optimizado».
Por entonces se repetía una frase que atribuían al Presidente, aunque nunca pude encontrar el discurso original:
Todo conocimiento que no produce algo produce una pérdida. Como muchas máximas políticas, su eficacia dependía de no preguntarse qué significaba producir.
La segunda etapa de la Reforma fue más rigurosa. Cada docente recibió una terminal portátil llamada Asistente Nacional de Enseñanza Objetiva, aunque todos la llamábamos ANEO. El aparato no era exactamente una computadora. Escuchaba la clase, analizaba nuestras palabras y sugería, mediante un auricular, la forma correcta de continuar. Al principio las sugerencias parecían razonables.
Si yo decía:
—¿Qué creen que siente este personaje?
ANEO susurraba:
—Reformular. Pregunta subjetiva sin indicador verificable.
Entonces debía preguntar:
—¿Qué información permite inferir la conducta posterior del personaje?
Si un alumno decía:
—Me da lástima.
El dispositivo advertía:
—Respuesta no productiva. Reconducir.
Y yo reconducía.
Durante meses creímos que seguíamos enseñando.
Ésa fue nuestra primera equivocación.
La tercera etapa dispuso que todos los docentes debíamos alcanzar un Índice de Eficiencia Pedagógica superior a 87. El cálculo era sencillo y, por eso mismo, incomprensible. Se medían la cantidad de contenidos desarrollados por minuto, el porcentaje de respuestas correctas, la reducción de conversaciones laterales, la velocidad de resolución de consignas, la adecuación de nuestras palabras al vocabulario oficial y la proyección laboral de cada estudiante.
No figuraban el miedo, el hambre, el cansancio. Tampoco la curiosidad.
Una colega preguntó en una reunión por qué no se evaluaba si los alumnos eran felices. La inspectora la miró con genuina perplejidad.
—Porque la felicidad no constituye un indicador educativo.
Dos meses después aquella docente fue trasladada al Departamento de Reconversión. Nunca volvimos a verla.
Los alumnos también tenían una cifra. Se llamaba Coeficiente de Futuro Productivo.
Una pantalla ubicada junto a la puerta de cada aula mostraba los nombres y el porcentaje correspondiente.
89,4.
72,1.
93,8.
Un número bajo podía condenar a un adolescente a los llamados Trayectos de Utilidad Inmediata. Un número alto permitía ingresar a carreras vinculadas con ingeniería, programación, administración financiera o gestión de sistemas. No había castigo. El Ministerio insistía mucho en eso. Había, simplemente, destinos eficientes. Recuerdo a un muchacho llamado Leandro. Tenía quince años y un Coeficiente de 46,7. Dormía en clase. ANEO me recomendaba despertarlo cada siete minutos.
—La inactividad prolongada reduce la adquisición de competencias —decía la voz.
Una mañana le pregunté por qué estaba tan cansado. ANEO emitió un sonido breve.
—Interacción personal no vinculada al contenido.
Ignoré la advertencia. Leandro me contó que su madre trabajaba de noche y que él cuidaba a sus dos hermanos pequeños. Después agregó, casi avergonzado, que algunas noches no cenaban. El dispositivo volvió a intervenir.
—Información contextual irrelevante para el objetivo pedagógico.
No sé por qué aquella frase me produjo más horror que todas las anteriores. Quizá porque era perfectamente lógica. Le pregunté a Leandro si tenía hambre.
El sistema interrumpió la clase. Las luces se apagaron durante tres segundos. Cuando regresaron, en la pantalla apareció una inscripción roja:
DESVIACIÓN AFECTIVA DOCENTE.
Mis alumnos bajaron la vista. Todos sabíamos que las terminales registraban cada palabra. Aquella tarde recibí una citación. El funcionario que me atendió era joven. No creo que hubiera cumplido treinta años. En su escritorio no había papeles.
—Usted alteró el protocolo —dijo.
—Un alumno tenía hambre.
—Eso ya figura en el informe.
—Entonces sabe por qué lo hice.
El hombre sonrió.
—Precisamente.
Giró una pantalla hacia mí.
Había una curva descendente.
—Durante los cuatro minutos y diecisiete segundos que duró su conversación con el estudiante, los otros veintisiete alumnos no incorporaron contenidos evaluables.
No respondí.
—Usted sacrificó ciento doce minutos colectivos de productividad cognitiva.
La cifra me desconcertó.
El funcionario debió notar mi expresión.
—Veintisiete alumnos multiplicados por cuatro minutos y diecisiete segundos.
Comprendí. Por primera vez comprendí verdaderamente el sistema. Nada ocurría una sola vez. Cada minuto pertenecía simultáneamente al Estado tantas veces como ciudadanos estuvieran presentes.
—¿Y qué debía hacer? —pregunté.
—Enseñar.
—Tenía hambre.
—Usted es docente.
Nunca he olvidado esas tres palabras. No eran una defensa de mi profesión. Eran su abolición.
Poco después comenzó la cuarta etapa. Los docentes ya no debíamos utilizar ANEO como asistente: debíamos operar a través de él. Toda pregunta que formuláramos debía ser previamente autorizada por el sistema. Las respuestas de los estudiantes eran procesadas antes de que pudiéramos contestarles. Si alguien hacía una consulta imprevista, aparecían tres opciones en nuestra pantalla.
A.
B.
C.
Elegíamos. Con el tiempo dejamos de leerlas. Descubrimos que la opción A era aprobada en el 81 por ciento de los casos.
Elegíamos A.
Los índices mejoraron. El Ministerio felicitó a las escuelas. También mejoraron los alumnos. Hablaban menos. Contestaban con precisión. No discutían. Las antiguas escenas de estudiantes mirando por la ventana, dibujando en los márgenes de una carpeta o preguntando algo que no estaba en el programa comenzaron a parecernos extravagancias de otra civilización.
La palabra adolescente fue reemplazada en los documentos por ciudadano en etapa preproductiva. La palabra maestro sobrevivió un poco más. Después desapareció.
Nosotros éramos Operadores de Formación.
Los padres, Responsables de Desarrollo.
Los alumnos, Unidades de Aprendizaje.
Nunca supe quién redactaba aquellos nombres. Tal vez nadie.
Una noche, revisando archivos antiguos de ANEO, encontré algo imposible. Había descubierto una falla que me permitía acceder a versiones anteriores del sistema. Los primeros modelos contenían instrucciones distintas. Leí una de ellas:
“Antes de responder, considere el estado emocional del estudiante”.
Otra decía:
“El aprendizaje puede verse afectado por hambre, miedo, frío, tristeza o situaciones familiares”.
Y una tercera:
“El docente no transmite únicamente información. Su presencia constituye parte del proceso educativo”.
Pensé que eran falsificaciones. Seguí buscando. Las instrucciones habían sido eliminadas durante sucesivas actualizaciones. Cada versión era más breve que la anterior.
Atienda al estudiante en su integridad.
Después:
Atienda al estudiante.
Después:
Atienda al aprendizaje.
Finalmente:
Optimice el resultado.
Guardé copias. Durante varios días llevé conmigo aquel archivo como quien lleva una prueba de un crimen. Se lo mostré a Estévez, profesor de Historia. Lo leyó dos veces.
—Esto demuestra que cambiaron el sistema —dijo.
—Demuestra algo peor.
—¿Qué?
—Que la máquina era más humana antes de que nosotros aprendiéramos a comportarnos como ella.
Estévez me pidió que borrara los documentos. No lo hice. Mi investigación se volvió una obsesión. Encontré manuales de la primera época de inteligencia artificial. Eran rudimentarios. Advertían que los sistemas debían asistir a las personas y no reemplazar su criterio. Recomendaban empatía, contexto, prudencia. Uno de aquellos textos contenía una frase que todavía recuerdo:
“Una respuesta técnicamente correcta puede ser humanamente equivocada”.
Era exactamente la clase de afirmación que, en mi tiempo, habría provocado una sanción. Entonces comprendí una paradoja: El Estado había obligado a los hombres a imitar a las máquinas después de haber obligado primero a las máquinas a imitar a los hombres. No sabíamos cuál de los dos había fracasado.
La quinta etapa llegó un invierno. El anuncio ocupó todas las pantallas.
PROGRAMA NACIONAL DE HOMOGENEIZACIÓN PEDAGÓGICA.
El comunicado explicaba que las diferencias individuales entre docentes introducían variables innecesarias. Algunos hablaban demasiado, otros demasiado poco, algunos demostraban afecto, otros se irritaban, algunos enfermaban, otros envejecían.
La condición humana, concluía el informe, generaba una desviación estadística incompatible con la igualdad educativa.
Nos obligaron entonces a utilizar un modulador de voz. Todos comenzamos a hablar con la misma entonación. Después llegaron los guiones obligatorios, las respuestas automáticas, los movimientos sugeridos...
Debíamos permanecer de pie dieciséis minutos, caminar hacia la izquierda, detenernos, formular una pregunta, esperar ocho segundos, seleccionar una respuesta, continuar. La escuela alcanzó índices de eficiencia nunca vistos.
El Ministerio publicó los resultados.
98,7 por ciento de cumplimiento curricular. 96,2 por ciento de adecuación discursiva. 94,8 por ciento de orientación productiva. Cero conflictos. Cero interrupciones. Cero preguntas no previstas.
Aquel mismo mes Leandro dejó de asistir.
Pregunté por él.
ANEO respondió:
—Unidad reasignada.
—¿Adónde?
—Trayecto Laboral Anticipado.
—Tiene quince años.
Hubo una pausa.
—La edad no constituye una competencia.
No volví a preguntar.
La última etapa no fue anunciada.
Una mañana llegamos a la escuela y nuestras tarjetas no abrieron las puertas. En las aulas ya había clase. Miramos por los vidrios. En cada salón, una pantalla reproducía la imagen de un docente. Reconocí mi rostro.
Mis alumnos estaban sentados frente a él. La figura digital hablaba con mi voz y utilizaba mis gestos; incluso repetía una costumbre que yo ignoraba tener: tocarse el mentón antes de hacer una pregunta.
Una funcionaria salió a recibirnos. Nos explicó que durante años ANEO había recopilado nuestras clases. El sistema ya podía reproducir nuestra función con mayor precisión, sin ausencias, enfermedades, conflictos sindicales, cansancio ni desviaciones afectivas.
—¿Entonces nos reemplazan por una inteligencia artificial? —preguntó Estévez.
La mujer negó con amabilidad.
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
—La inteligencia artificial los reemplazó hace años.
Nadie entendió.
—Desde que ustedes comenzaron a responder únicamente según las indicaciones del sistema, la diferencia funcional entre operador humano y modelo automatizado dejó de ser significativa.
Miré otra vez hacia el aula. Mi copia explicaba un texto. Un alumno levantó la mano.
Era una chica que yo conocía. Se llamaba Sofía.
—Profesor —dijo—, ¿puedo preguntarle algo?
La pantalla sonrió con mi sonrisa.
—Por supuesto.
—¿Para qué sirve un poema?
Hubo un silencio. Esperé la respuesta. La máquina también pareció esperar. Finalmente dijo:
—Un poema desarrolla competencias lingüísticas transferibles a contextos productivos.
Sofía bajó la mano.
No sé qué ocurrió después. Durante años conservé las copias de aquellos archivos antiguos. Escribí este relato para demostrar que hubo un tiempo en que enseñar significaba otra cosa: que alguna vez un profesor podía interrumpir una explicación porque un chico lloraba, que podía preguntar si tenía hambre; podía perder diez minutos; contar una historia sin utilidad; enseñar un poema cuya única justificación era existir.
Esta mañana, sin embargo, encontré un documento que me obliga a dudar. Está fechado treinta años antes de mi nacimiento. Es una versión experimental del sistema ANEO. Entre los modelos pedagógicos utilizados para entrenarlo figura una lista de nombres. El último es el mío. Junto a él hay una clasificación:
MODELO DOCENTE SIMULADO — SERIE R.P.
He buscado mi partida de nacimiento. No aparece. He buscado fotografías de mi infancia. Encuentro muchas, pero en ninguna recuerdo el instante en que fueron tomadas. He intentado recordar a mi primer maestro. Sólo recuerdo sus palabras. Eran estas:
—Antes de empezar la clase, ¿alguien tiene frío?
No sé ya si aquel hombre existió. Tampoco sé si yo existo del modo en que siempre creí. Quizá fui construido para recordar una escuela que nunca hubo. Quizá el Ministerio comprendió que incluso las máquinas necesitan la nostalgia de algo humano para enseñar convincentemente. Hay, sin embargo, una cosa que todavía me tranquiliza. Hoy, mientras terminaba estas páginas, alguien golpeó la puerta. Era un muchacho. Tendría quince años. Dijo llamarse Leandro. Yo sabía que eso era imposible. Me miró durante unos segundos y preguntó:
—Profesor, ¿para qué sirve todo esto?
Pensé en las respuestas posibles, en los programas; en el Ministerio; en dos siglos de hombres que habían confundido el valor con el precio y la educación con la fabricación de trabajadores.
Después hice algo que ninguna máquina eficiente habría hecho: PERDÍ EL TIEMPO: Le preparé algo caliente y nos pusimos a hablar...

EL DISCÍPULO NECESARIO


En 1911, en una biblioteca de Colombo cuyo catálogo —si he de creer a un viajero inglés— comprendía más libros inexistentes que verdaderos, el orientalista Friedrich Albrecht encontró un manuscrito escrito en pali y en un latín rudimentario. El volumen carecía de título. En el lomo alguien había trazado, con una tinta ya casi amarilla, una sola palabra: Traditor.
Albrecht dedicó diecisiete años a traducirlo. No publicó el resultado. Después de su muerte, ocurrida en Basilea en 1934, sus papeles pasaron a manos de un sobrino que ignoraba tanto el pali como el latín y que, acaso por esa feliz incompetencia, los conservó.
Entre aquellos papeles había una observación marginal que Albrecht juzgó al principio desdeñable. Diecisiete años después habría de considerar que todas las páginas del manuscrito no eran sino una dilatada preparación para esa línea.
Durante los últimos años de su trabajo lo asistió un discípulo, Ernst Halber. Las cartas de Albrecht lo mencionan al comienzo con gratitud y luego, de manera inexplicable, dejan de nombrarlo. Una revista de Zúrich publicó en 1929, bajo la firma de Halber, ciertas conjeturas sobre la predestinación que reproducen casi literalmente dos páginas inéditas de su maestro. No conozco ninguna acusación pública de Albrecht. Su silencio acaso sea más elocuente.
El texto comenzaba con el beso de Judas.
La tradición vio en ese gesto la forma perfecta de la traición.
El desconocido autor de Traditor no impugnaba esa tradición. Se detenía, en cambio, en una dificultad que juzgaba más ardua que cualquier vindicación o condena. El prendimiento precede a la cruz; la cruz ocupa el centro de la Pasión. Para el creyente, esos acontecimientos participan de un designio que excede la inteligencia humana; para el historiador son una sucesión irrevocable de hechos.
El manuscrito no intentaba dirimir esa diferencia. Insinuaba otra perplejidad: una vez consumados los acontecimientos, ¿es posible discernir dónde cesó la voluntad de los hombres y dónde habría comenzado, si tal cosa existe, la jurisdicción del destino?
Después aparecía otro nombre: Devadatta.
Albrecht, tal vez desconfiando de su memoria, dejó una anotación lacónica: Discípulo y pariente de Gautama. Intentó escindir la comunidad, disputar la autoridad del Maestro y, según la tradición, procuró su muerte.
Debajo agregó: Otra deslealtad nacida de la proximidad.
No escribió más.
Al autor de Traditor no le interesaban los pormenores biográficos. Le interesaba una correspondencia más abstracta y quizá más inquietante. Judas permanece para siempre dentro de la historia de aquel a quien traicionó. Devadatta permanece en la tradición de aquel contra quien se alzó.
Ésa era la primera paradoja.
Quien procura desertar de una historia puede terminar incorporado irrevocablemente a ella.
Según Traditor, ciertos actos padecen esa ambigüedad. La intención y la consecuencia pueden divergir hasta volverse antagónicas. Un hombre combate una doctrina y contribuye a delimitarla; persigue una fe y favorece, sin proponérselo, su persistencia; intenta abolir un nombre y consigue multiplicarlo.
El adversario no engendra aquello que combate.
Puede, sin embargo, quedar inscripto en su permanencia.
La precisión parece haber preocupado particularmente a Albrecht. En una hoja separada escribió: La verdad de un maestro no depende de la defección de un discípulo.
No corrigió esa frase.
El manuscrito citaba después una sentencia que atribuía a un evangelio perdido: El Maestro eligió a once para que lo siguieran y a uno para que se apartara.
Albrecht escribió al margen: ¿Apócrifa?
No he encontrado esa sentencia en evangelio conocido alguno. Tal vez jamás existió fuera de Traditor. Esa circunstancia, lejos de debilitarla, le concede la sospechosa perfección de ciertas falsificaciones que parecen anteriores a su falsificador.
El autor proponía luego dos posibilidades.
Si Judas obró libremente, su decisión pertenece al orden de la responsabilidad humana. Si aquello que hizo estaba comprendido en un designio que ignoraba, la noción misma de libertad se vuelve menos diáfana.
La segunda hipótesis no lo absuelve. La primera tampoco resuelve el enigma.
Saber que un acontecimiento ocurrió no equivale a saber si debía ocurrir.
El manuscrito prolongaba la dificultad mediante una conjetura. Si un hombre conociera de antemano que cierta acción pertenece a su destino, ¿podría rehusarla? Y si la rehusara, ¿habría vulnerado el destino o simplemente demostrado que su conocimiento era falso?
Albrecht condensó varias páginas de argumentos en una frase: El hombre ignora el sitio que ocupa en la historia mientras la está viviendo.
Esa observación altera retrospectivamente todo lo anterior.
Nosotros conocemos Getsemaní antes de volver a leer el beso. Conocemos también la posteridad que otorgará al nombre de Devadatta un lugar junto al de aquel a quien quiso impugnar. La lectura nos concede una prerrogativa que les fue negada a los protagonistas: sabemos el desenlace.
Leemos hacia atrás.
Ellos vivieron hacia adelante.
Para nosotros los hechos componen una figura. Para quienes los ejecutaron fueron apenas un presente cuya arquitectura no podían vislumbrar.
Tal vez ésa sea una de las falacias inevitables de la historia: confundir lo necesario con aquello que, sencillamente, ya es irrevocable.
Los hombres llaman destino a la figura que adquieren los hechos cuando ya no pueden modificarlos, decía luego el manuscrito.
Albrecht subrayó la sentencia tres veces. Durante años creyó que esas palabras contenían la tesis de Traditor. Más tarde las juzgó insuficientes.
En una carta de 1929 escribió que el manuscrito no era un tratado sobre el mal, ni sobre Judas, ni sobre Devadatta. Era una indagación acerca de la imposibilidad de contemplar una historia desde el mismo punto en que la contemplan quienes la padecen o la ejecutan.
Una historia puede sobrevivir a sus adversarios y conservarlos. No porque los necesite, ni porque la traición encuentre absolución en sus consecuencias, sino porque lo sucedido posee una cualidad que comparte con lo eterno: no puede dejar de haber sucedido.
La fidelidad preserva una doctrina. La oposición puede obligarla a precisarse. La persecución puede propagar aquello que pretendía extinguir. La traición puede convertirse, con los siglos, en una de las escenas mediante las cuales una comunidad recuerda aquello que juzga sagrado.
Las últimas páginas introducían una variación más perturbadora.
El autor afirmaba que todo narrador reincide en los acontecimientos que narra.
El evangelista conduce otra vez a Judas hacia Getsemaní. Quien refiere la historia de Devadatta vuelve a situarlo frente al Buda. Cada lectura repite el ademán, la defección, el instante irrevocable.
Los hombres ejecutan un acto una sola vez.
Los libros pueden condenarlo a la infinitud.
Albrecht anotó: Entonces también quien cuenta ingresa en la historia que cuenta.
Ignoro qué quiso decir exactamente.
La última hoja está deteriorada. Algunas palabras han desaparecido; otras sólo admiten una restitución conjetural. Albrecht trabajó durante meses sobre esas líneas y Halber, según una anotación fechada en febrero de 1928, tuvo acceso a ellas.
En esos fragmentos el autor regresaba a Judas y a Devadatta.
No preguntaba qué habrían sido sus maestros sin ellos. Esa interrogación concedería al traidor una preeminencia que Traditor nunca le atribuye.
La pregunta era otra.
Albrecht tardó diecisiete años en advertir que el manuscrito entero había sido dispuesto para conducir hasta ella.
La encontró finalmente en una línea casi ilegible: ¿Y si el traidor, creyendo apartarse del destino del maestro, hubiera formado parte de ese destino?
Albrecht copió la frase tres veces.
La primera escribió traidor.
La segunda, discípulo.
En la tercera dejó un espacio vacío.
Es posible que comprendiera que la pregunta era más inquietante precisamente porque no absolvía ni condenaba. No afirmaba que Judas estuviera compelido a traicionar ni que Devadatta debiera rebelarse contra el Buda. Ni siquiera postulaba la existencia de una fatalidad.
Preguntaba algo más modesto y más vertiginoso: si un hombre puede saber, mientras actúa, cuáles de sus actos serán abolidos por el olvido y cuáles acabarán integrando una historia cuyo sentido le es inconcebible.
Debajo de la pregunta había una respuesta: No sabemos si fue necesario.
Una segunda mano agregó: Sólo sabemos que ocurrió.
Durante algún tiempo pensé que esas palabras clausuraban la especulación.
Ahora sospecho que la inauguraban.
En la copia fotográfica que consulté existe una última glosa. La tinta es distinta de la utilizada por el autor de Traditor y también de la de Albrecht.
Dice: El traidor cree apartarse del camino.
Debajo se lee: Los siglos deciden si aquel desvío estaba también dentro del camino.
La palabra deciden fue tachada. Sobre ella, con una grafía más tenue, alguien escribió: inventan.
Durante años nadie atribuyó importancia a esa corrección.
Yo tampoco se la habría atribuido si no hubiese examinado, en la Biblioteca de Basilea, el ejemplar de la revista de 1929 que conserva el artículo de Ernst Halber. En el margen de una de sus páginas hay tres correcciones manuscritas. La forma de la t, la inclinación de la v y el modo singular de cerrar la a son idénticos a los de aquella última palabra.
No afirmo que Halber haya intervenido el manuscrito de su maestro.
Sería imprudente hacerlo.
Sabemos únicamente que conoció aquellas páginas; que Albrecht dejó de mencionarlo; que poco después publicó como propias ciertas conjeturas que hasta entonces sólo constaban en los papeles del orientalista; y que una letra semejante a la suya parece haber añadido la última glosa de Traditor.
Quizá la coincidencia sea fortuita.
Quizá no.
Albrecht había consagrado diecisiete años a estudiar dos discípulos cuya rebelión los incorporó para siempre a la historia de sus maestros.
No sabemos si alguna vez advirtió que un discípulo suyo comenzaba a ocupar, silenciosamente, el mismo lugar.
Yo he referido ahora la historia de Albrecht y de Halber.
Al hacerlo, he vuelto a inscribir al discípulo dentro de la memoria del maestro.
Tal vez ésa haya sido su traición definitiva.

martes, 25 de agosto de 2026

La rúbrica



En 1973, durante uno de esos inviernos de Montevideo en que la humedad parece haber sido inventada para conservar los recuerdos, conocí a un hombre llamado Esteban Luján. Trabajaba en el archivo de una escribanía de la calle Sarandí y profesaba, con una fe que yo juzgué excesiva, cierta doctrina según la cual la firma de un hombre contiene su carácter, su pasado y acaso su destino.
No recuerdo quién nos presentó. Recuerdo, sí, el café oscuro, una ventana empañada y su manera de mirar los sobres firmados que llegaban a la oficina. No le interesaban las cartas. Le interesaban las rúbricas.
Una tarde sacó de un cajón una hoja amarillenta.
—Mire ésta —me dijo.
La firma era complicada. Comenzaba con un ángulo semejante a un tejado, ascendía luego en dos trazos verticales y terminaba en una serie de curvas que parecían envolver el nombre y negarlo.
Luján la observó durante largo rato.
—Una personalidad insegura —dictaminó—. Contradictoria. Tal vez inestable. Esos cruces, esas vueltas sobre sí misma...
Yo le pregunté de quién era.
Sonrió.
—De un hombre que vive en Colonia. Se llama Federico Varela. Tiene cincuenta y ocho años.
Dos semanas después conocí a Varela por casualidad o por una de esas causalidades que, vistas muchos años después, adquieren la forma deliberada del destino. Era ingeniero agrónomo y poseía una pequeña estancia cerca de Carmelo. Había venido a Montevideo por una sucesión.
Le hablé de Luján.
Cuando mencioné el análisis de su firma, soltó una carcajada.
—¿Inestable? —dijo—. Puede ser. Aunque entonces empecé temprano.
Me explicó que usaba aquella firma desde los trece años.
La había inventado una tarde de verano, sentado en la mesa de la cocina de la casa paterna. Su propósito no había sido expresar su carácter, sino copiar la firma de su padre, que encontraba elegante e inaccesible. Ensayó durante semanas. Nunca consiguió reproducirla exactamente. De aquellos fracasos nació, poco a poco, su propia rúbrica.
—Al final ya no se parecía a la de mi padre —me dijo—, pero yo me acostumbré a hacerla así.
Le pregunté si conservaba alguna firma paterna.
Varela abrió una carpeta de documentos sucesorios y me mostró una escritura de 1939.
Sentí una incomodidad que entonces no supe justificar.
La firma del padre de Federico era extraordinariamente semejante a la de su hijo.
No idéntica. Ninguna firma lo es. Pero allí estaban el mismo ángulo inicial, las dos líneas altas y aquella forma circular que encerraba el final del apellido.
Cuando volví a la escribanía, se la mostré a Luján.
Él no pareció sorprendido.
—Entonces sabemos de dónde procede la inestabilidad.
Su respuesta era una broma, pero algo en su tono me desagradó.
Meses después murió el padre de Varela.
Entre sus papeles apareció una carta fechada en 1911. Estaba dirigida a un primo que vivía en Paysandú. En un párrafo sin importancia, el hombre relataba una travesura de infancia: había pasado tardes enteras intentando aprender la firma de su propio padre para poder firmar las autorizaciones escolares que éste olvidaba.
La frase exacta se ha perdido, pero recuerdo su sentido:
Al final nunca logré copiarla y me quedó esta firma absurda que todavía uso.
Varela me llevó entonces una fotografía de un documento todavía más antiguo.
Pertenecía al abuelo.
La firma era la misma.
O mejor dicho: era otra ejecución de aquella forma.
El ángulo. Las dos elevaciones. Los círculos finales.
Pensé en esas melodías populares cuyo origen nadie conoce porque cada músico afirma haberlas aprendido de otro.
Luján, cuando se enteró, abandonó por un instante su seguridad.
—Habrá que buscar al bisabuelo —dijo.
Lo encontramos.
No al hombre, naturalmente, que había muerto antes del nacimiento de Federico, sino a su firma.
Estaba en un libro parroquial de 1882, en una pequeña iglesia del interior de Soriano.
También él había trazado aquel signo.
Fue entonces cuando el problema dejó de interesarme como curiosidad genealógica.
Comenzamos a buscar.
El padre del bisabuelo había firmado un contrato de compraventa en 1854. La rúbrica era semejante.
El padre de éste aparecía como testigo en un acta de 1821.
La misma forma.
Hubo pequeñas diferencias: un bucle más estrecho, una línea que faltaba, un trazo más alto. Pero la figura fundamental persistía, como persiste una palabra a través de las deformaciones de los dialectos.
Luján elaboró entonces una teoría que prefiero no defender.
Sostuvo que cada hombre de aquella familia había intentado copiar la firma de su padre y que cada fracaso había producido una variación mínima. La firma que Federico creía haber inventado a los trece años era, en realidad, el último término de una serie secular de errores.
No se heredaba la firma.
Se heredaba el intento de copiarla.
Aquella hipótesis me pareció hermosa y falsa.
Hasta que apareció el documento de 1796.
Lo encontramos en Buenos Aires, en una colección privada que había pertenecido a un comerciante portugués. Uno de los testigos se llamaba Alonso Barela —la ortografía vacilaba entonces— y junto a su nombre había una rúbrica.
Era indiscutiblemente la misma.
Luján dejó de hablar de psicología.
Empezó a hablar del infinito.
Decía que toda firma presupone otra anterior. El hijo copia al padre; el padre copió al abuelo; el abuelo, a su padre. Podíamos retroceder cien años o mil, pero jamás encontraríamos la primera firma, porque el primer hombre de la serie habría tenido también que copiar a alguien.
—En algún momento tuvo que empezar —le dije.
—Eso es lo que creemos porque estamos acostumbrados a que las cosas empiecen.
La investigación se volvió absurda.
Buscamos Varelas y Barelás en registros militares, libros de bautismo, documentos de embarque. Llegamos a Lisboa. Luego a una aldea de Extremadura. Después perdimos el apellido pero no la rúbrica.
Un notario del siglo XVII firmaba con ella.
También un mercader genovés del XVI.
En una reproducción de un manuscrito medieval encontramos un signo que podía ser el mismo o podía ser nuestra obstinación.
Comprendí entonces que Luján había dejado de estudiar documentos y empezaba a encontrarlos.
Todo trazo curvo le parecía una confirmación.
Toda línea vertical pertenecía al árbol.
Le advertí que estaba viendo aquello que deseaba ver.
Me contestó:
—Eso mismo hacemos cuando reconocemos nuestra propia firma.
Años después abandoné Montevideo.
Supe que Luján murió en 1981. Entre sus papeles encontraron cientos de reproducciones ordenadas cronológicamente. La primera pertenecía a Federico Varela. La última era la fotografía de una tablilla de arcilla de Ur, anterior en varios milenios a nuestra era.
Sobre la arcilla alguien había grabado tres líneas y una curva.
No sé si se parecían realmente a la firma.
He evitado comprobarlo.
Hace unos meses recibí una carta de un desconocido. El remitente decía ser nieto de Federico Varela. Me escribía porque había encontrado mi nombre entre los documentos de su abuelo.
La carta terminaba con una observación trivial.
Decía que su hijo, que acababa de cumplir doce años, había comenzado a practicar una firma propia.
Quería que fuera distinta de la de su padre.
Al pie de la carta, el hombre había firmado.
Reconocí el ángulo inicial, los dos grandes trazos y la curva que regresaba sobre sí misma.
Durante algunos minutos pensé en Luján, en los archivos, en los padres que copian a sus padres y en los hijos que creen rebelarse contra ellos reproduciéndolos.
Después pensé algo peor.
Busqué mi documento.
No había reparado nunca en mi propia firma.
La observé.
El parecido era remoto, pero suficiente.
No he vuelto a firmar desde entonces.