domingo, 26 de julio de 2026

PENSAMIENTOS 2


Hay heridas que no se ven.
Son esas que no sangran,
pero arden cuando alguien
se acerca sin avisar.
No porque no queramos cariño.
Sino porque ya hemos aprendido,
a fuerza de golpes, que hay manos
que no abrazan: invaden.
Y cuando eso pasa,
el cuerpo se encoge antes que el alma.
No es desprecio.
Es memoria.
Es el instinto que nos enseñó
a proteger lo que aún late.
A veces, el otro llega con flores
y uno solo puede ver las espinas.
No es que no valore su intento.
Es que ya no confía en las buenas intenciones.
Porque demasiadas veces,
las buenas intenciones también lastimaron.
Y entonces uno prefiere el silencio.
La distancia.
El borde.
Desde ahí duele menos.
Pero hay algo que el tiempo —ese terco maestro—
nos va mostrando en voz baja:
No podemos sanar a nadie.
No podemos cargar lo que no nos pertenece.
No podemos salvar a quien no quiere
ser salvado.
Y aunque nos parta el alma,
soltar es un acto de amor.
No es abandono.
Es respeto.
Es entender que cada quien
tiene su propio reloj, su propio camino,
su propia manera de despertar.
Dejar ir también es quedarse.
Es quedarse con la certeza
de que hicimos lo mejor que supimos
con lo que teníamos.
Es confiar en que la vida
—esa que siempre sabe—
hará lo que nosotros ya no podemos.
Soltar es dar espacio para que el otro
se encuentre consigo mismo.
Y apostarle, todavía,
a que ese encuentro lo haga libre.
Eso también es amar.
Y amar bien.
Amar muy bien.
Romi Ponzio