En 1973, durante uno de esos inviernos de Montevideo en que la humedad parece haber sido inventada para conservar los recuerdos, conocí a un hombre llamado Esteban Luján. Trabajaba en el archivo de una escribanía de la calle Sarandí y profesaba, con una fe que yo juzgué excesiva, cierta doctrina según la cual la firma de un hombre contiene su carácter, su pasado y acaso su destino.
No recuerdo quién nos presentó. Recuerdo, sí, el café oscuro, una ventana empañada y su manera de mirar los sobres firmados que llegaban a la oficina. No le interesaban las cartas. Le interesaban las rúbricas.
Una tarde sacó de un cajón una hoja amarillenta.
—Mire ésta —me dijo.
La firma era complicada. Comenzaba con un ángulo semejante a un tejado, ascendía luego en dos trazos verticales y terminaba en una serie de curvas que parecían envolver el nombre y negarlo.
Luján la observó durante largo rato.
—Una personalidad insegura —dictaminó—. Contradictoria. Tal vez inestable. Esos cruces, esas vueltas sobre sí misma...
Yo le pregunté de quién era.
Sonrió.
—De un hombre que vive en Colonia. Se llama Federico Varela. Tiene cincuenta y ocho años.
Dos semanas después conocí a Varela por casualidad o por una de esas causalidades que, vistas muchos años después, adquieren la forma deliberada del destino. Era ingeniero agrónomo y poseía una pequeña estancia cerca de Carmelo. Había venido a Montevideo por una sucesión.
Le hablé de Luján.
Cuando mencioné el análisis de su firma, soltó una carcajada.
—¿Inestable? —dijo—. Puede ser. Aunque entonces empecé temprano.
Me explicó que usaba aquella firma desde los trece años.
La había inventado una tarde de verano, sentado en la mesa de la cocina de la casa paterna. Su propósito no había sido expresar su carácter, sino copiar la firma de su padre, que encontraba elegante e inaccesible. Ensayó durante semanas. Nunca consiguió reproducirla exactamente. De aquellos fracasos nació, poco a poco, su propia rúbrica.
—Al final ya no se parecía a la de mi padre —me dijo—, pero yo me acostumbré a hacerla así.
Le pregunté si conservaba alguna firma paterna.
Varela abrió una carpeta de documentos sucesorios y me mostró una escritura de 1939.
Sentí una incomodidad que entonces no supe justificar.
La firma del padre de Federico era extraordinariamente semejante a la de su hijo.
No idéntica. Ninguna firma lo es. Pero allí estaban el mismo ángulo inicial, las dos líneas altas y aquella forma circular que encerraba el final del apellido.
Cuando volví a la escribanía, se la mostré a Luján.
Él no pareció sorprendido.
—Entonces sabemos de dónde procede la inestabilidad.
Su respuesta era una broma, pero algo en su tono me desagradó.
Meses después murió el padre de Varela.
Entre sus papeles apareció una carta fechada en 1911. Estaba dirigida a un primo que vivía en Paysandú. En un párrafo sin importancia, el hombre relataba una travesura de infancia: había pasado tardes enteras intentando aprender la firma de su propio padre para poder firmar las autorizaciones escolares que éste olvidaba.
La frase exacta se ha perdido, pero recuerdo su sentido:
Al final nunca logré copiarla y me quedó esta firma absurda que todavía uso.
Varela me llevó entonces una fotografía de un documento todavía más antiguo.
Pertenecía al abuelo.
La firma era la misma.
O mejor dicho: era otra ejecución de aquella forma.
El ángulo. Las dos elevaciones. Los círculos finales.
Pensé en esas melodías populares cuyo origen nadie conoce porque cada músico afirma haberlas aprendido de otro.
Luján, cuando se enteró, abandonó por un instante su seguridad.
—Habrá que buscar al bisabuelo —dijo.
Lo encontramos.
No al hombre, naturalmente, que había muerto antes del nacimiento de Federico, sino a su firma.
Estaba en un libro parroquial de 1882, en una pequeña iglesia del interior de Soriano.
También él había trazado aquel signo.
Fue entonces cuando el problema dejó de interesarme como curiosidad genealógica.
Comenzamos a buscar.
El padre del bisabuelo había firmado un contrato de compraventa en 1854. La rúbrica era semejante.
El padre de éste aparecía como testigo en un acta de 1821.
La misma forma.
Hubo pequeñas diferencias: un bucle más estrecho, una línea que faltaba, un trazo más alto. Pero la figura fundamental persistía, como persiste una palabra a través de las deformaciones de los dialectos.
Luján elaboró entonces una teoría que prefiero no defender.
Sostuvo que cada hombre de aquella familia había intentado copiar la firma de su padre y que cada fracaso había producido una variación mínima. La firma que Federico creía haber inventado a los trece años era, en realidad, el último término de una serie secular de errores.
No se heredaba la firma.
Se heredaba el intento de copiarla.
Aquella hipótesis me pareció hermosa y falsa.
Hasta que apareció el documento de 1796.
Lo encontramos en Buenos Aires, en una colección privada que había pertenecido a un comerciante portugués. Uno de los testigos se llamaba Alonso Barela —la ortografía vacilaba entonces— y junto a su nombre había una rúbrica.
Era indiscutiblemente la misma.
Luján dejó de hablar de psicología.
Empezó a hablar del infinito.
Decía que toda firma presupone otra anterior. El hijo copia al padre; el padre copió al abuelo; el abuelo, a su padre. Podíamos retroceder cien años o mil, pero jamás encontraríamos la primera firma, porque el primer hombre de la serie habría tenido también que copiar a alguien.
—En algún momento tuvo que empezar —le dije.
—Eso es lo que creemos porque estamos acostumbrados a que las cosas empiecen.
La investigación se volvió absurda.
Buscamos Varelas y Barelás en registros militares, libros de bautismo, documentos de embarque. Llegamos a Lisboa. Luego a una aldea de Extremadura. Después perdimos el apellido pero no la rúbrica.
Un notario del siglo XVII firmaba con ella.
También un mercader genovés del XVI.
En una reproducción de un manuscrito medieval encontramos un signo que podía ser el mismo o podía ser nuestra obstinación.
Comprendí entonces que Luján había dejado de estudiar documentos y empezaba a encontrarlos.
Todo trazo curvo le parecía una confirmación.
Toda línea vertical pertenecía al árbol.
Le advertí que estaba viendo aquello que deseaba ver.
Me contestó:
—Eso mismo hacemos cuando reconocemos nuestra propia firma.
Años después abandoné Montevideo.
Supe que Luján murió en 1981. Entre sus papeles encontraron cientos de reproducciones ordenadas cronológicamente. La primera pertenecía a Federico Varela. La última era la fotografía de una tablilla de arcilla de Ur, anterior en varios milenios a nuestra era.
Sobre la arcilla alguien había grabado tres líneas y una curva.
No sé si se parecían realmente a la firma.
He evitado comprobarlo.
Hace unos meses recibí una carta de un desconocido. El remitente decía ser nieto de Federico Varela. Me escribía porque había encontrado mi nombre entre los documentos de su abuelo.
La carta terminaba con una observación trivial.
Decía que su hijo, que acababa de cumplir doce años, había comenzado a practicar una firma propia.
Quería que fuera distinta de la de su padre.
Al pie de la carta, el hombre había firmado.
Reconocí el ángulo inicial, los dos grandes trazos y la curva que regresaba sobre sí misma.
Durante algunos minutos pensé en Luján, en los archivos, en los padres que copian a sus padres y en los hijos que creen rebelarse contra ellos reproduciéndolos.
Después pensé algo peor.
Busqué mi documento.
No había reparado nunca en mi propia firma.
La observé.
El parecido era remoto, pero suficiente.
No he vuelto a firmar desde entonces.
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