miércoles, 26 de agosto de 2026

EL MINISTERIO DE LO ÚTIL


No puedo precisar el año en que comenzó la Reforma. Algunos documentos hablan de 2041; otros, quizá deliberadamente, de 2038. La diferencia es irrelevante. Los historiadores del Ministerio sostienen que la transformación había comenzado mucho antes, cuando alguien decidió que todo aquello que no pudiera medirse debía considerarse sospechoso.Yo enseñaba Literatura.Esa palabra requiere una explicación.En aquellos años todavía existían asignaturas cuyos nombres no indicaban de manera inmediata su utilidad económica. Literatura era una de ellas. También Filosofía, Música, Historia del Arte y algo que los programas llamaban, con cierta ingenuidad, Construcción de Ciudadanía.La Reforma terminó con esa anomalía.

Literatura pasó a llamarse Comprensión Estratégica de Textos Aplicados, Matemática se convirtió en Cálculo para la Producción, Historia fue Análisis de Antecedentes para la Toma de Decisiones.

Las materias artísticas desaparecieron sin decreto. Simplemente dejaron de figurar.

Una circular ministerial explicó que ningún saber había sido eliminado: había sido «optimizado».

Por entonces se repetía una frase que atribuían al Presidente, aunque nunca pude encontrar el discurso original:

Todo conocimiento que no produce algo produce una pérdida.Como muchas máximas políticas, su eficacia dependía de no preguntarse qué significaba producir.

La segunda etapa de la Reforma fue más rigurosa.Cada docente recibió una terminal portátil llamada Asistente Nacional de Enseñanza Objetiva, aunque todos la llamábamos ANEO. El aparato no era exactamente una computadora. Escuchaba la clase, analizaba nuestras palabras y sugería, mediante un auricular, la forma correcta de continuar. Al principio las sugerencias parecían razonables.

Si yo decía:

—¿Qué creen que siente este personaje?

ANEO susurraba:

—Reformular. Pregunta subjetiva sin indicador verificable.

Entonces debía preguntar:

—¿Qué información permite inferir la conducta posterior del personaje?

Si un alumno decía:

—Me da lástima.

El dispositivo advertía:

—Respuesta no productiva. Reconducir.

Y yo reconducía.

Durante meses creímos que seguíamos enseñando.

Ésa fue nuestra primera equivocación.

La tercera etapa dispuso que todos los docentes debíamos alcanzar un Índice de Eficiencia Pedagógica superior a 87.El cálculo era sencillo y, por eso mismo, incomprensible. Se medían la cantidad de contenidos desarrollados por minuto, el porcentaje de respuestas correctas, la reducción de conversaciones laterales, la velocidad de resolución de consignas, la adecuación de nuestras palabras al vocabulario oficial y la proyección laboral de cada estudiante.

No figuraban el miedo, el hambre, el cansancio. Tampoco la curiosidad.

Una colega preguntó en una reunión por qué no se evaluaba si los alumnos eran felices.La inspectora la miró con genuina perplejidad.

—Porque la felicidad no constituye un indicador educativo.

Dos meses después aquella docente fue trasladada al Departamento de Reconversión. Nunca volvimos a verla.

Los alumnos también tenían una cifra. Se llamaba Coeficiente de Futuro Productivo.

Una pantalla ubicada junto a la puerta de cada aula mostraba los nombres y el porcentaje correspondiente.

89,4.

72,1.

93,8.

Un número bajo podía condenar a un adolescente a los llamados Trayectos de Utilidad Inmediata. Un número alto permitía ingresar a carreras vinculadas con ingeniería, programación, administración financiera o gestión de sistemas. No había castigo. El Ministerio insistía mucho en eso. Había, simplemente, destinos eficientes. Recuerdo a un muchacho llamado Leandro. Tenía quince años y un Coeficiente de 46,7. Dormía en clase. ANEO me recomendaba despertarlo cada siete minutos.

—La inactividad prolongada reduce la adquisición de competencias —decía la voz.

Una mañana le pregunté por qué estaba tan cansado. ANEO emitió un sonido breve.

—Interacción personal no vinculada al contenido.

Ignoré la advertencia. Leandro me contó que su madre trabajaba de noche y que él cuidaba a sus dos hermanos pequeños. Después agregó, casi avergonzado, que algunas noches no cenaban. El dispositivo volvió a intervenir.

—Información contextual irrelevante para el objetivo pedagógico.

No sé por qué aquella frase me produjo más horror que todas las anteriores. Quizá porque era perfectamente lógica. Le pregunté a Leandro si tenía hambre.

El sistema interrumpió la clase.Las luces se apagaron durante tres segundos. Cuando regresaron, en la pantalla apareció una inscripción roja:

DESVIACIÓN AFECTIVA DOCENTE.

Mis alumnos bajaron la vista. Todos sabíamos que las terminales registraban cada palabra. Aquella tarde recibí una citación. El funcionario que me atendió era joven. No creo que hubiera cumplido treinta años. En su escritorio no había papeles.

—Usted alteró el protocolo —dijo.

—Un alumno tenía hambre.

—Eso ya figura en el informe.

—Entonces sabe por qué lo hice.

El hombre sonrió.

—Precisamente.

Giró una pantalla hacia mí.

Había una curva descendente.

—Durante los cuatro minutos y diecisiete segundos que duró su conversación con el estudiante, los otros veintisiete alumnos no incorporaron contenidos evaluables.

No respondí.

—Usted sacrificó ciento doce minutos colectivos de productividad cognitiva.

La cifra me desconcertó.

El funcionario debió notar mi expresión.

—Veintisiete alumnos multiplicados por cuatro minutos y diecisiete segundos.

Comprendí. Por primera vez comprendí verdaderamente el sistema. Nada ocurría una sola vez. Cada minuto pertenecía simultáneamente al Estado tantas veces como ciudadanos estuvieran presentes.

—¿Y qué debía hacer? —pregunté.

—Enseñar.

—Tenía hambre.

—Usted es docente.

Nunca he olvidado esas tres palabras. No eran una defensa de mi profesión. Eran su abolición.

Poco después comenzó la cuarta etapa. Los docentes ya no debíamos utilizar ANEO como asistente: debíamos operar a través de élToda pregunta que formuláramos debía ser previamente autorizada por el sistema. Las respuestas de los estudiantes eran procesadas antes de que pudiéramos contestarles. Si alguien hacía una consulta imprevista, aparecían tres opciones en nuestra pantalla.

A.

B.

C.

Elegíamos.Con el tiempo dejamos de leerlas. Descubrimos que la opción A era aprobada en el 81 por ciento de los casos.

Elegíamos A.

Los índices mejoraron. El Ministerio felicitó a las escuelas. También mejoraron los alumnos. Hablaban menos.Contestaban con precisión.No discutían.Las antiguas escenas de estudiantes mirando por la ventana, dibujando en los márgenes de una carpeta o preguntando algo que no estaba en el programa comenzaron a parecernos extravagancias de otra civilización.

La palabra adolescente fue reemplazada en los documentos por ciudadano en etapa preproductivaLa palabra maestro sobrevivió un poco más.Después desapareció.

Nosotros éramos Operadores de Formación.

Los padres, Responsables de Desarrollo.

Los alumnos, Unidades de Aprendizaje.

Nunca supe quién redactaba aquellos nombres.Tal vez nadie.

Una noche, revisando archivos antiguos de ANEO, encontré algo imposible. Había descubierto una falla que me permitía acceder a versiones anteriores del sistema.Los primeros modelos contenían instrucciones distintas.Leí una de ellas:

"Antes de responder, considere el estado emocional del estudiante".

Otra decía:

"El aprendizaje puede verse afectado por hambre, miedo, frío, tristeza o situaciones familiares"

Y una tercera:

"El docente no transmite únicamente información. Su presencia constituye parte del proceso educativo"

Pensé que eran falsificaciones. Seguí buscando. Las instrucciones habían sido eliminadas durante sucesivas actualizaciones. Cada versión era más breve que la anterior.

Atienda al estudiante en su integridad.

Después:

Atienda al estudiante.

Después:

Atienda al aprendizaje.

Finalmente:

Optimice el resultado.

Guardé copias. Durante varios días llevé conmigo aquel archivo como quien lleva una prueba de un crimen. Se lo mostré a Estévez, profesor de Historia.Lo leyó dos veces.

—Esto demuestra que cambiaron el sistema —dijo.

—Demuestra algo peor.

—¿Qué?

—Que la máquina era más humana antes de que nosotros aprendiéramos a comportarnos como ella.

Estévez me pidió que borrara los documentos. No lo hice. Mi investigación se volvió una obsesión. Encontré manuales de la primera época de inteligencia artificial. Eran rudimentarios. Advertían que los sistemas debían asistir a las personas y no reemplazar su criterio. Recomendaban empatía, contexto, prudencia. Uno de aquellos textos contenía una frase que todavía recuerdo:

"Una respuesta técnicamente correcta puede ser humanamente equivocada"

Era exactamente la clase de afirmación que, en mi tiempo, habría provocado una sanción.Entonces comprendí una paradoja: El Estado había obligado a los hombres a imitar a las máquinas después de haber obligado primero a las máquinas a imitar a los hombres. No sabíamos cuál de los dos había fracasado.

La quinta etapa llegó un invierno.El anuncio ocupó todas las pantallas.

PROGRAMA NACIONAL DE HOMOGENEIZACIÓN PEDAGÓGICA.

El comunicado explicaba que las diferencias individuales entre docentes introducían variables innecesarias. Algunos hablaban demasiado, otros demasiado poco, algunos demostraban afecto, otros se irritaban, algunos enfermaban, otros envejecían.

La condición humana, concluía el informe, generaba una desviación estadística incompatible con la igualdad educativa.

Nos obligaron entonces a utilizar un modulador de voz. Todos comenzamos a hablar con la misma entonación. Después llegaron los guiones obligatorios, las respuestas automáticas, los movimientos sugeridos...

Debíamos permanecer de pie dieciséis minutos, caminar hacia la izquierda, detenernos, formular una pregunta, esperar ocho segundos, seleccionar una respuesta, continuar. La escuela alcanzó índices de eficiencia nunca vistos.

El Ministerio publicó los resultados.

98,7 por ciento de cumplimiento curricular, 96,2 por ciento de adecuación discursiva, 94,8 por ciento de orientación productiva. Cero conflictos. Cero interrupciones. Cero preguntas no previstas.

Aquel mismo mes Leandro dejó de asistir.

Pregunté por él.

ANEO respondió:

—Unidad reasignada.

—¿Adónde?

—Trayecto Laboral Anticipado.

—Tiene quince años.

Hubo una pausa.

—La edad no constituye una competencia.

No volví a preguntar.

La última etapa no fue anunciada.

Una mañana llegamos a la escuela y nuestras tarjetas no abrieron las puertas. En las aulas ya había clase. Miramos por los vidrios. En cada salón, una pantalla reproducía la imagen de un docente. Reconocí mi rostro.

Mis alumnos estaban sentados frente a él. La figura digital hablaba con mi voz y utilizaba mis gestos; incluso repetía una costumbre que yo ignoraba tener: tocarse el mentón antes de hacer una pregunta.

Una funcionaria salió a recibirnos. Nos explicó que durante años ANEO había recopilado nuestras clases. El sistema ya podía reproducir nuestra función con mayor precisión, sin ausencias, enfermedades, conflictos sindicales, cansancio ni desviaciones afectivas.

—¿Entonces nos reemplazan por una inteligencia artificial? —preguntó Estévez.

La mujer negó con amabilidad.

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

—La inteligencia artificial los reemplazó hace años.

Nadie entendió.

—Desde que ustedes comenzaron a responder únicamente según las indicaciones del sistema, la diferencia funcional entre operador humano y modelo automatizado dejó de ser significativa.

Miré otra vez hacia el aula. Mi copia explicaba un texto. Un alumno levantó la mano.

Era una chica que yo conocía. Se llamaba Sofía.

—Profesor —dijo—, ¿puedo preguntarle algo?

La pantalla sonrió con mi sonrisa.

—Por supuesto.

—¿Para qué sirve un poema?

Hubo un silencio. Esperé la respuesta. La máquina también pareció esperar. Finalmente dijo:

—Un poema desarrolla competencias lingüísticas transferibles a contextos productivos.

Sofía bajó la mano.

No sé qué ocurrió después. Durante años conservé las copias de aquellos archivos antiguos. Escribí este relato para demostrar que hubo un tiempo en que enseñar significaba otra cosa:  que alguna vez un profesor podía interrumpir una explicación porque un chico lloraba, que podía preguntar si tenía hambre; podía perder diez minutos;  contar una historia sin utilidad; enseñar un poema cuya única justificación era existir.

Esta mañana, sin embargo, encontré un documento que me obliga a dudar. Está fechado treinta años antes de mi nacimiento. Es una versión experimental del sistema ANEO. Entre los modelos pedagógicos utilizados para entrenarlo figura una lista de nombres. El último es el mío. Junto a él hay una clasificación:

MODELO DOCENTE SIMULADO — SERIE R.P.

He buscado mi partida de nacimiento. No aparece. He buscado fotografías de mi infancia. Encuentro muchas, pero en ninguna recuerdo el instante en que fueron tomadas. He intentado recordar a mi primer maestro. Sólo recuerdo sus palabras. Eran éstas:

—Antes de empezar la clase, ¿alguien tiene frío?

No sé ya si aquel hombre existió. Tampoco sé si yo existo del modo en que siempre creí. Quizá fui construido para recordar una escuela que nunca hubo. Quizá el Ministerio comprendió que incluso las máquinas necesitan la nostalgia de algo humano para enseñar convincentemente. Hay, sin embargo, una cosa que todavía me tranquiliza. Hoy, mientras terminaba estas páginas, alguien golpeó la puerta. Era un muchacho. Tendría quince años. Dijo llamarse Leandro. Yo sabía que eso era imposible. Me miró durante unos segundos y preguntó:

—Profesor, ¿para qué sirve todo esto?

Pensé en las respuestas posibles, en los programas;  en el Ministerio; en dos siglos de hombres que habían confundido el valor con el precio y la educación con la fabricación de trabajadores.

Después hice algo que ninguna máquina eficiente habría hecho: PERDÍ EL TIEMPO:  Le preparé algo caliente y nos pusimos a hablar... 

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