En memoria y homenaje a mi queridísima Profesora María Beatriz Martínez Fayó (Betty) ante todo maestra, también profesora y formadora de docentes, con especial afecto y gratitud, en vísperas del Día del Maestro. Con todo mi respeto.
A Celina Ochoa, Victoria Almeida y Cecilia Comandi, referentes entrañables de mi camino como docente y como persona, por todo lo que me enseñaron y por el afecto con que aún me acompañan.
A Lalo Garbarini y su memoria, entrañable profe, amigo y padrino artístico.
A mis alumnos y colegas que ejercen esta profesión tan maravillosa.
A Florencia Noé Guerra, Sofía Carella y Lorena Yakisich. Colegas, amigas y compañeras de estudio.
Toda historia inventa un comienzo. Esta eligió una tarde de otoño, en La Plata, cuando Clara Valdés, profesora de Literatura, decidió buscar a Irene Funes, su profesora preferida durante la época de estudiante. Habían transcurrido incontables años. Los calendarios profesan una minuciosa superstición por las fechas; la memoria, menos exacta y quizá más fiel, abrevia lo indiferente y conserva intacto aquello que el afecto ha señalado.
Conviene consignar un equívoco común a quienes participan de esta historia. Ciertos recuerdos se mezclaban con otros pertenecientes a docentes que ya no estaban en este mundo. En cada evocación, el afecto era preciso; la identidad, no siempre. Tal vez la memoria, para preservar lo esencial, hubiera sacrificado los nombres.
Clara recordaba la extraña justicia con que Irene administraba el elogio y la exigencia. Las buenas calificaciones hacían sentir importantes a los estudiantes aplicados y creativos. A los más rezagados les señalaba el camino con una firmeza nacida del afecto, porque confiaba en posibilidades que ellos todavía no veían. Su severidad no anticipaba un castigo: era una forma oblicua de la esperanza. La creatividad y la aplicación importaban, pero nunca más que lo humano.
La autoridad de Irene no dependía de la ficción de su infalibilidad. Cuando se equivocaba, lo admitía; reconocer un error no disminuía el mérito docente, sino que confirmaba el respeto por el conocimiento. Si ignoraba una respuesta, prometía buscarla y, en la clase siguiente, la llevaba escrita en una hoja especial, encabezada con el nombre de quien había preguntado. La explicación podía olvidarse; el gesto, no.
Antes de proponer un trabajo, alentaba la creatividad. Si recibía una producción singular, pedía permiso a su autor antes de leerla en voz alta. Sabía que un texto continúa perteneciendo a quien lo escribió aun después de haber sido entregado.
Clara admiraba también su inteligencia sin solemnidad, su sentido del humor y aquella ironía filosa que nunca se convertía en crueldad. Ante las circunstancias personales, Irene escuchaba y respetaba la necesidad ajena de expresarse. Recibía una confidencia como otra forma del aprendizaje, porque al escuchar también se enseña y quien escucha, inevitablemente, aprende.
Irene había contado alguna vez episodios de su propia vida. Al hacerlo, suspendía la distancia entre la profesora y sus alumnos. Ellos comprendían que quien enseñaba también podía conocer la adversidad. Esa revelación no disminuía su figura: la volvía más humana y, por eso mismo, única.
Hubo, o Clara creía que había habido, una conversación sobre apariciones de personas que ya no estaban y ciertas coincidencias que parecían acompañarlas. Nadie había afirmado que fueran señales. Clara decía que aquel recuerdo le resultaba particularmente difuso: no sabía si las palabras habían sido pronunciadas por Irene o por alguien del ámbito docente con quien todavía mantenía comunicación. Esa misma duda, con variaciones apenas perceptibles, acompañaría después cada recuerdo de la sucesión.
Con los años, Clara descubrió que utilizaba ante sus estudiantes variaciones casi idénticas —cuando no idénticas— de las formas de enseñar de Irene. En clase mencionaba a su profesora —quizá habían sido varios profesores—, citaba sus palabras y refería sus actos. No era una imitación deliberada, sino una voz admirada que había encontrado otra voz para continuar.
La conversación del café también se superponía, tal vez, a otro intercambio presencial o sostenido mediante la tecnología. Cada intento de fijarla desplazaba alguna frase hacia otro momento, como si todo recuerdo necesitara una versión vecina para poder existir.
Irene reconoció a Clara antes de que pudiera presentarse. Recibió sus recuerdos con modestia y gratitud y los correspondió con otros. Al concluir, ninguna habría podido precisar quién había comenzado a recordar a quién. Clara no había sido una alumna preferida —Irene desconfiaba de esas jerarquías—, sino una alumna recordada.
Irene dijo que su manera de enseñar provenía de Elvira Rojas, su propia profesora preferida. Elvira poseía características semejantes, tal vez idénticas, y también recordaba a Irene. Entre ambas se insinuó una simetría que la aparición del nombre de Adela convirtió en una serie sin término. No quedó claro si Adela pertenecía al pasado de Elvira o a un tiempo todavía no sucedido.
La enseñanza se reveló como un palimpsesto: bajo cada voz permanecía la huella de otra voz anterior.
Supe esta historia porque Clara había sido mi profesora preferida. Yo había sido una alumna aplicada y creativa, y ella me había hecho sentir que mis ideas no eran una extravagancia privada. Incontables años después la busqué. Me recordó. Para entonces yo también era profesora y la vida nos había convertido en colegas.
Cuando la arquitectura de la sucesión se hizo visible, me aterrorizó pensar que realmente existiera. Aquello que yo juzgaba propio podía ser la continuación de algo anterior. Desde entonces enseño con la sospecha de repetir un manuscrito cuyo original se ha perdido.
Clara aún alienta mi creatividad y permanece, de algún modo, en ella. No recuerdo si me lo dijo en el café o durante una conversación de WhatsApp o Instagram. Ahora mantenemos nuestro vínculo por WhatsApp, y esa tecnología que pretende abolir las distancias ha terminado por confundir también los tiempos.
Leí alguna vez, en un libro que después no pude encontrar, la llamada ley de Bardé. Bardé sostenía que todo hecho acaba en el tiempo, pero, si deja una huella, continúa fuera de él y vuelve a ocurrir en cada universo donde alguien pueda recordarlo. Las circunstancias serían infinitas; el acto, uno solo.
La cadena entre docentes podía obedecer a esa ley. Lo inquietante no era imaginar muchos universos, sino pensar que en todos ellos el acto de enseñar fuera una misma acción distribuida entre innumerables personas.
Tal vez, al cabo de incontables años, un estudiante me busque. Hasta esta mañana creí que esa posibilidad pertenecía al futuro. Un número desconocido me agradeció una respuesta que yo había llevado escrita en un papel especial. Ese agradecimiento parecía no tener un primer destinatario y, al atravesar las generaciones, quizá todos continuáramos buscando su origen.
Recordé de inmediato a quien escribía, aunque nunca le había dado clases y su nombre me era desconocido. Al final del mensaje aparecía la fotografía de una firma manuscrita.
Intrigada por la caligrafía, fui a mi antiguo centro de estudios y consulté los registros que aún se conservaban. Encontré los mismos trazos. Pertenecían a una persona que ya no estaba en este mundo. Tal vez la caligrafía ilegible no me permitió reconocer si aquella firma contenía algún rasgo de Betty o de Adela, a quien nunca conocí.