martes, 8 de septiembre de 2026

EL DESIGNIO DE LO ÍNFIMO


En 1952, mientras ordenaba ciertos legajos destinados al Archivo General de la Nación, hallé una carpeta de cartón gris cuya inscripción —Expediente 00/00. Suceso inexistente— contradecía la escrupulosa prolijidad de sus ciento catorce folios. Contenía deposiciones de testigos, partes castrenses, cartografías de una ciudad que no pude identificar y un conciso tratado acerca de las causas últimas, redactado por un bacteriólogo que juzgaba indemostrable toda realidad que excediera la materia.
Las fechas no concordaban. Algunos documentos situaban los hechos en las postrimerías del siglo XIX; otros, en vísperas de una guerra europea; dos afirmaban que aún no habían acontecido. Un copista anónimo agregó al margen que todo hecho verdadero sucede por lo menos dos veces: la primera, fuera del tiempo; la segunda, cuando un hombre lo recuerda o imagina recordarlo. En otra anotación sostuvo que, según cierto tratado, los acontecimientos obedecían a una causa primera, a un motor inmóvil. Estas últimas palabras figuraban tachadas.
La noticia inicial procedía de una comarca austral. Un cuerpo cilíndrico había descendido sobre un campo. Los primeros curiosos vieron girar lentamente una tapa metálica y emerger de la concavidad un ser de miembros exiguos, cráneo desmesurado y ojos negros. Luego sobrevino una fulguración blanca. Donde había una muchedumbre quedaron unas figuras de ceniza adheridas al pasto.
En los días subsiguientes cayeron otros cilindros.
Las crónicas no coinciden en el número. Un escoliasta de Balkh conjeturó que todos eran repeticiones del primero.
Los invasores avanzaron sin premura. Sus artefactos, sustentados por tres extremidades articuladas, franqueaban aldeas y fortificaciones con la indiferencia con que un hombre atraviesa un hormiguero. Algunos exégetas atribuyeron aquella estructura ternaria a una remota simbología religiosa; los ingenieros, menos imaginativos, a razones de equilibrio. Ambas explicaciones fueron igualmente inútiles para detenerlos.
Los proyectiles terrestres se deshacían contra las máquinas. Los ejércitos retrocedieron; las ciudades fueron evacuadas; los caminos se poblaron de fugitivos que cargaban objetos ya irrisorios: relojes en un mundo sin horas, retratos de hombres acaso muertos y escrituras de propiedades que el fuego había abolido.
Entre los documentos se reitera el nombre de Jerónimo Argüello. Ignoro si fue militar, bibliotecario o profesor de metafísica. Cada testimonio le adjudica una profesión diferente y una fisonomía distinta. Un declarante asegura que era ciego; otro recuerda con precisión el color amarillo de sus ojos. Es posible que Argüello haya sido varios hombres. Es igualmente posible que no haya sido ninguno.
Todos los manuscritos convienen, sin embargo, en atribuirle el primer proyecto de resistencia.
Argüello comprendió que los hombres no podían vencer a los invasores y dedujo que esa imposibilidad era el fundamento de una victoria futura. La fuerza incontrastable, razonaba, engendra su propia negligencia. Quien no encuentra resistencia deja de escrutar al sometido; quien se sabe omnipotente confunde la mansedumbre con la impotencia. Para sobrevivir, los hombres debían aceptar durante años, quizá durante generaciones, la apariencia de la derrota.
Propuso la construcción de una república subterránea. En túneles, criptas y sótanos serían conservados los instrumentos, las semillas y los libros. Sobre todo los libros. Excluyó las novelas y los poemas, no porque los desdeñara, sino porque sospechaba que podían inculcar en los vencidos una prematura nostalgia de la libertad. Prefirió los tratados de física, anatomía, mecánica y astronomía.
Era necesario saberlo todo acerca de los invasores y conseguir que ellos no supieran nada acerca de los hombres. Conocían sus ciudades y sus armas, pero ignoraban una facultad menos visible: la paciencia.
Argüello ordenó despojar las bibliotecas exteriores. Los anaqueles debían quedar vacíos o albergar volúmenes deliberadamente espurios: catálogos de objetos inexistentes, historias de naciones imaginarias, gramáticas de idiomas que ningún hombre había hablado. Los libros verdaderos serían sepultados. Los conquistadores concluirían que el saber humano había sido fortuito y que, destruidas sus instituciones, la especie regresaría dócilmente a la barbarie.
Un fragmento atribuido a Argüello insinúa una estratagema más ardua. Los libros falsos debían contener una descripción minuciosa de la humanidad, pero todas sus afirmaciones serían inversas. El cobarde sería presentado como valeroso; el efímero, como inmortal; el vencido, como vencedor.
(Algunos llaman Historia a ese catálogo.)
Mientras los invasores administraban la superficie, unos pocos hombres observarían sus movimientos desde las galerías inferiores. Fingirían docilidad. Aprenderían su lengua, si poseían una; sus hábitos, si la repetición de ciertos actos podía llamarse hábito; sus temores, si una criatura victoriosa era todavía capaz de temer.
Llegaría una noche en que algunas de las máquinas se alzarían contra las restantes. Los invasores descubrirían entonces que habían instruido involuntariamente a sus esclavos en el arte de aniquilarlos.
Un manuscrito menciona cuatro máquinas; otro, una sola.
(Quizá fueran la misma.)
Quienes conocieron el proyecto de Argüello creyeron al principio que pretendía liberar el mundo. Gradualmente comprendieron que imaginaba gobernarlo. Dueños de las armas enemigas, los sobrevivientes ya no podrían ser sometidos por los invasores. Tampoco podrían serlo por los demás hombres.
La inversión estaba consumada antes de iniciarse la rebelión. El hombre que se proponía abolir al tirano era ya su heredero secreto. Había contemplado con horror las máquinas de los invasores, pero no ambicionaba destruirlas: ambicionaba ocuparlas. Su insurrección no era la negación de la servidumbre, sino su más fervorosa consecuencia.
El autor anónimo del expediente refiere que, después de exponer su proyecto, Argüello abandonó el refugio y entró solo en una biblioteca devastada. Tal vez buscaba un libro; tal vez quería sustraerlo; tal vez comprendió que él mismo era apenas un personaje de ese libro. No volvió a ser visto.
Una interpolación tardía asegura que todavía recorre los anaqueles en busca del volumen que contiene su muerte.
(La tinta es posterior.)
La invasión prosiguió.
Las máquinas alcanzaron la capital. Ninguna muralla las demoró. A cierta hora de la tarde, la última batería humana disparó contra uno de los trípodes. El proyectil se desvió y demolió un antiguo templo. Los invasores permanecieron indemnes.
Algunos interpretaron la destrucción del edificio como la prueba de que ninguna voluntad superior intervenía en los acontecimientos. Otros conjeturaron exactamente lo contrario. El expediente no decide entre ambas opiniones; acaso porque toda señal, examinada durante el tiempo suficiente, termina por significar también su negación.
Esa noche, los sobrevivientes esperaron el fin.
El fin no ocurrió o sucedió de un modo que ninguno había previsto.
Al amanecer, los artefactos seguían erguidos, pero estaban inmóviles. De sus cavidades no procedía sonido alguno. Un perro famélico se aproximó a uno de ellos y empezó a desgarrar una sustancia oscura que pendía de la abertura.
Los invasores habían muerto.
El primer parte militar atribuyó el hecho a una defección mecánica. El doctor Samuel Glusberg, médico de campaña y autor del tratado acerca de las causas últimas que integra el expediente, examinó los cadáveres y refutó esa hipótesis. Encontró en sus tejidos innumerables colonias de microorganismos terrestres. Los seres que habían atravesado los abismos siderales y aniquilado los ejércitos del mundo carecían de defensas contra las formas más rudimentarias de la vida.
Glusberg anotó que no era necesario postular un prodigio. Durante generaciones innumerables, los hombres habían coexistido con aquellos organismos. Cada epidemia había sido una lección inscripta en la carne; cada agonía había adquirido una fracción de inmunidad para quienes aún no habían nacido. Los invasores, ajenos a esa dilatada genealogía de padecimientos, estaban indefensos ante ella.
La conclusión científica parecía irreprochable.
Debajo de la tabla de cultivos, Glusberg escribió que la causa de la salvación había precedido al peligro que debía conjurar.
La nota perturbó a los funcionarios. Un sacerdote creyó reconocer en ella una velada profesión de fe; un científico la juzgó una capitulación de la razón; un general quiso incorporarla a una proclama patriótica. Glusberg negó las tres interpretaciones. El peritaje caligráfico estableció que la letra era suya.
Durante años, el expediente fue reputado apócrifo. Sus episodios coincidían con ciertas antiguas imaginaciones que la literatura atribuye a autores diversos. Algunos testigos, asimismo, declararon haber escuchado relatos semejantes antes de que sucedieran los hechos.
Ese argumento parecía terminante: los documentos no demostraban una invasión, sino la tenaz supervivencia de una fábula.
Sin embargo, uno de los folios contenía una carta cuya fecha precedía a todos los testimonios. En ella, Glusberg describía los artefactos trípodes, la fulguración blanca y la súbita muerte de los invasores. Al pie había agregado que un hombre soñaría aquellos hechos y creería haberlos inventado; otro hombre repetiría el sueño y una multitud lo juzgaría verdadero. Ninguno sabría que estaba recordando.
La carta podía ser apócrifa. La tinta pertenecía al siglo XIX; el papel, al XX. El sello postal correspondía a una ciudad fundada años después de la muerte del destinatario.
Una nota sin firma conjetura que la carta fue remitida desde un tiempo posterior.
(O acaso anterior.)
Consulté a historiadores, astrónomos y metafísicos. Los primeros declararon imposible el documento. Los segundos declararon imposible la invasión. Los últimos se limitaron a señalar que la imposibilidad no es una propiedad de los hechos, sino una insuficiencia de quien procura interpretarlos.
Durante mucho tiempo supuse que el sentido del expediente residía en la extinción de los invasores. Ahora pienso que reside en otro lugar.
Argüello había concebido una estrategia secular: ocultar el conocimiento, engañar al enemigo, descifrar sus máquinas y transmutar la derrota en victoria. Cada fase de su proyecto requería generaciones de disciplina, sacrificio y estudio. Nada de eso fue necesario. La humanidad fue vindicada por seres que no poseían inteligencia, voluntad ni conciencia de la contienda.
Los hombres habían aspirado a imitar a sus invasores para vencerlos. Las bacterias no necesitaron imitar a nadie.
Quizá ésa sea la inversión verdadera. Los invasores creyeron que conquistaban la Tierra; en realidad, se entregaban a ella. Argüello creyó que el conocimiento lo convertiría en dueño del porvenir; su porvenir ya había sido determinado por una criatura que jamás conocería su nombre. Los ejércitos creyeron haber fracasado; sus remotas derrotas ante la enfermedad habían preparado la victoria.
Un comentarista sostuvo que la batalla no comenzó con la llegada de los cilindros, sino con la aparición de la primera célula.
(Acaso no haya concluido.)
Podemos denominar selección natural a esa trama. Otros la llaman azar, destino o necesidad. Ninguna de esas palabras modifica los hechos; acaso sólo revelen algo acerca de quienes las pronuncian.
Las explicaciones no se excluyen ni se confirman. Tal vez sean diversas máscaras de una causa inaccesible o tal vez detrás de las máscaras no haya rostro alguno.
En 1953 regresé al archivo para consultar el expediente. El empleado aseguró que aquella carpeta nunca había existido. Le indiqué el número y la inscripción, recorrió los índices y me mostró una línea en blanco entre dos registros consecutivos. Comprendí entonces que el expediente no había sido sustraído por los hombres. No sé si una voluntad inconcebible, el azar o la mera necesidad de las cosas había resuelto borrar la historia de aquella victoria. También es posible que nada lo hubiera borrado; quizá la historia permanecía allí, escrita en un alfabeto microscópico, aguardando desde el principio de la vida la próxima invasión.

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