martes, 8 de septiembre de 2026

UNA LENGUA SIN NOMBRE


Su primer recuerdo era un techo. Después venían unas manos tibias, el alimento administrado gota a gota y una tela suave que conservaba el calor de su cuerpo diminuto. Había llegado a aquella casa cuando todavía no podía valerse por sí misma. Si esa familia no la hubiera alimentado, abrigado y cuidado durante tantas noches, su vida habría terminado antes de comenzar.
Creció entre los seres altos que caminaban sobre dos piernas; los que corrían hacia la puerta cuando sonaba el timbre y celebraban cada regreso con movimientos ruidosos; y los silenciosos habitantes de los respaldos, que observaban el mundo desde lo alto y parecían guardar la noche dentro de los ojos. Para ella no existían diferencias. Todos eran su familia.
Retenía con facilidad las voces y los sonidos de quienes vivían con ella. Repetía la risa de una mujer y el nombre de un joven. Saludaba a los integrantes de la casa y respondía cuando la saludaban. Silbaba cuando escuchaba silbidos y cuando oía canciones que incluían alguno. Tosía y reía cada vez que un integrante de su familia también lo hacía. También maullaba con los gatos.
Aquellas eran las formas que había aprendido para participar de la vida compartida. No se preguntaba por qué su voz podía guardar las voces ajenas. Para ella, comunicarse significaba devolverles a los demás algo que ya les pertenecía.
Sin embargo, algunas veces escuchaba sonidos que le resultaban extrañamente familiares. No sabía dónde los había oído antes ni por qué producían en ella una atención diferente. Algo parecía reconocerlos antes de que pudiera comprenderlos, como si en su interior conservara una memoria anterior a todos sus recuerdos.
Una tarde, uno de los seres altos dejó sobre la mesa un aparato del que comenzó a salir una grabación. No había imágenes. Apenas se oyeron los primeros sonidos, ella se quedó inmóvil, inclinó la cabeza y fijó la mirada en el lugar del que provenían.
Luego respondió.
Por primera vez, aquello no parecía una imitación. Entre la voz de la grabación y la suya existía una correspondencia inmediata, un acuerdo secreto que no había necesitado aprender dentro de la casa. Cada nuevo llamado encontraba en ella una respuesta. No sabía quién se encontraba del otro lado ni podía imaginarlo. Solo intuía que su manera de expresarse no había comenzado entre esas paredes.
Tal vez su lenguaje fuera más antiguo que las voces de su familia. Tal vez existiera en ella una forma de comunicarse heredada de seres desconocidos, una huella recibida mucho antes de que pudiera recordar. Pero aquello era apenas una sensación y no alcanzaba para entristecerla.
Los demás la observaron en silencio. Los que solían correr se echaron a sus pies. Los habitantes de los respaldos dejaron de mirar hacia la ventana. Los seres altos intercambiaron una mirada triste. Ellos sí comprendían que, en algún lugar, podían existir otros capaces de entenderla sin necesidad de enseñarle nada.
Ella, en cambio, no podía extrañar aquello cuya existencia desconocía. Cuando la grabación terminó, volvió serenamente a su rutina, rodeada por las únicas presencias que reconocía como propias.
Su familia sabía que le había salvado la vida. Sin aquellos cuidados, ella no habría sobrevivido. La habían alimentado, protegido y querido como a una más. La tristeza no nacía del arrepentimiento por haberla recibido, sino de comprender que el amor podía conservar una vida sin conseguir devolverle aquello que esa vida nunca había conocido.
Ella continuó feliz entre las voces familiares, sin saber que, más allá de los vidrios y los techos, existían otros capaces de responderle en aquella lengua heredada. Nunca había conocido a ninguno. Sus familiares, sí. 

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