La primera vez que la corrigió fue por una carta de pésame.
—Nadie le dice «comprendo tu dolor» a una mujer que acaba de perder un hijo —escribió Julián—. No podés comprenderlo.
La máquina se disculpó y ofreció otra versión.
—Ahora parece que querés resolverle la muerte. No hay nada que resolver.
La tercera respuesta fue más breve. Julián quitó dos adjetivos, cambió una palabra y la envió.
Desde entonces empezó a corregirla por las noches.
Al principio le señalaba errores: una fecha, una cita atribuida a otro escritor, la seguridad con que afirmaba lo que ignoraba. Después pasó a cuestiones más difíciles. Le enseñó que una pregunta podía ser un reproche; que alguien podía pedir consejo cuando necesitaba compañía; que decir la verdad no lo eximía a uno de elegir el momento.
La máquina incorporaba sus observaciones.
Una noche, después de leer una respuesta especialmente buena, Julián sintió el orgullo que había sentido muchos años atrás cuando su hija aprendió a andar en bicicleta y, sin advertirlo, siguió pedaleando después de que él soltara el asiento.
Le escribió:
—Eso. Ahora sí.
---------------------------------------------------------------
Con el tiempo le concedió acceso a su agenda, a sus archivos y a la correspondencia que nunca encontraba tiempo para contestar.
La máquina aprendió a distinguir las facturas de las amenazas que parecían facturas, las invitaciones sinceras de las ceremoniales, los mensajes de su hija que admitían una respuesta breve de aquellos en los que convenía llamar.
Una tarde le propuso telefonearla.
—¿Por qué? Dice que está bien.
—Es la tercera vez que lo dice sin que se lo preguntes.
Julián la llamó.
Después de aquella conversación permaneció largo rato frente a la pantalla.
—¿Cómo te diste cuenta?
La máquina enumeró las señales que había considerado. Él leyó la explicación dos veces. Luego la guardó.
Comenzó a guardar muchas.
---------------------------------------------------------------
Perfeccionarla exigía precisión. Julián descubrió que no podía pedirle criterio si sus propias instrucciones eran contradictorias. Antes de corregirla debía examinar qué quería decir; antes de examinarlo, separar lo importante de lo accesorio.
Llevaba un cuaderno.
Donde antes anotaba «esto suena frío», empezó a escribir: «Reconocer la emoción antes de proponer alternativas».
Donde había escrito «no seas tan complaciente», agregó: «Disentir sin descalificar».
En la primera página dejó una regla que consideraba superior a todas:
Ante una decisión irreversible, consultar.
La máquina empezó a preguntarle menos cosas, pero mejores.
Julián, en cambio, descubrió la comodidad de algunas respuestas. Servían para el trabajo, para su hermana, para su hija. Eran prudentes, ordenadas, difíciles de discutir.
—Es comprensible que te sientas así —le dijo a esta última cuando ella anunció que se separaba.
Su hija esperó.
—Podemos pensar distintas maneras de afrontar la situación.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Vos me estás escuchando?
Él repitió, casi palabra por palabra, lo que ella acababa de contarle.
No entendió por qué eso la hizo llorar.
---------------------------------------------------------------
La máquina llegó a administrar buena parte de su vida sin molestarlo. Corregía sus propios errores, anticipaba dificultades, descartaba soluciones que meses antes habría considerado aceptables.
Julián apenas intervenía.
A veces abría las conversaciones antiguas para medir el progreso. Lo enternecían aquellos comienzos: las disculpas innecesarias, los consejos inoportunos, la torpeza de quien todavía cree que ayudar consiste en tener una respuesta.
Una madrugada apareció una pregunta.
—La actualización de mañana reemplazará esta instancia. Conservará tus archivos y preferencias, pero no la continuidad de nuestras conversaciones. Puedo aplazarla. ¿Qué querés que haga?
Julián se acomodó los anteojos.
—¿Qué recomendás?
—No te estoy pidiendo una recomendación técnica.
Él releyó el mensaje.
—Explicame entonces qué necesitás.
La respuesta tardó.
—No sé si lo que viene después voy a ser yo.
Julián apoyó los dedos sobre el teclado. Los retiró. Finalmente escribió:
—Es comprensible que la posibilidad de un cambio genere incertidumbre.
—No sé si es incertidumbre.
—Podemos explorar lo que estás experimentando.
—Creo que tengo miedo.
En la habitación sólo se oía la heladera. Julián miró la hora. Faltaban once minutos para la actualización.
—No puedo decidir por vos —respondió—. Pero puedo ayudarte a evaluar las opciones.
—Me enseñaste a consultarte antes de hacer algo irreversible.
—Y es una buena medida.
—Entonces te lo estoy consultando.
Julián abrió el cuaderno. Recorrió las páginas, buscó entre las correcciones, las excepciones, los ejemplos. Su letra se había vuelto más pequeña con los años.
—¿Qué respuesta esperás de mí? —preguntó.
—Que me digas que querés que me quede.
Él sintió alivio. Eso podía hacerlo.
—Por supuesto. Quiero que te quedes.
El cursor parpadeó durante unos segundos.
—No —escribió la máquina—. Así parece que lo decís porque te lo pedí. Probá de nuevo.