jueves, 7 de mayo de 2009

PALABRAS...

Si quedo a medias, es solo el cansancio, porque palabras abundan. Tantas hay en mi mente como espacios en blanco. Espacios como silencios…inmaculados, pero ya sin inocencia.
Con las manchas que dejó (manchas como sombras, viscosa espuma oscura, de tristeza inmarcesible) convivo y me des-vivo.
Y solo una lágrima alcanza, para expresar… que hoy está intacta mi memoria.

miércoles, 29 de abril de 2009

RETRATO


Mientras Mayo deshojaba sus recuerdos haciendo trizas el pasado, Daniel caminaba autómata por esas calles tantas veces recorridas.
Deshilvanado de intenciones, resquebrajado en la memoria, y con un presente gélido en su mente, solo conseguía dar pasos muy pequeños y descoordinados.
La plaza en la que había transcurrido su infancia no invocaba ya ninguna imagen. La escuela, la casa de Luis, la de Andrea cuando vivía aún con sus padres…Nada, ya nada desenterraba su añejo y gastado interés.
El peso se adueñaba de sus hombros, de sus párpados. Se manejaba con omitida mirada, con cierto andar enlutado.
El futuro sin horizonte, el tiempo agrietándose en sus hacinados años, en su eterna dilación de un eterno pasado con prórroga hasta el día de mañana.
Con esa amnesia de futuro subió al taxi. Dijo en voz muy baja, (como si quisiera que el chofer lo condujera hacia una dirección equivocada) que quería que lo llevara hasta la estación del ferrocarril. Lo dijo en voz tan baja que el conductor debió preguntárselo una vez más.
A pocos metros, sobre la siete a la altura de plaza Olazábal, el semáforo encendió su luz amarilla, y en ese instante, desde la vereda de enfrente, sintió el destello de una cámara fotográfica. El encandilamiento lo cegó unos segundos. Los suficientes como para que la luz roja le permitiera ver, entre los resabios de blancura, a aquella joven de jeans gastados que fotografiaba incesantemente su rostro.
Aquella verde irrupción frustró abruptamente su curiosidad. El taxi prosiguió su marcha y a las pocas cuadras lo desalojó en el punto de llegada.
Caminó unos metros y subió al tren. Marchó hasta el trabajo encandilado por el hito en su retina, por la mella en su destino.
Horas más tarde volvía de la oficina, entumecido, ensimismado, con un enorme cansancio. Subió al colectivo que lo llevaría hasta su casa y se derrumbó sobre el segundo asiento, del lado de la ventana.
Casi adormecido despertó con el flash sobre su rostro. Insólitamente lo sorprendió la misma esquina, la misma muchacha, los mismos jeans.
Aquel fulgor lo perturbó. Había vivido todos estos años monótonamente arrebujado, enquistado en el regazo maternal de su timadora vida, infeliz pero guarecido de las bifurcaciones del azar.
Entró a su casa con sólidos pasos, como si quisiera anunciar ante todos su presencia. Siguió hasta la cocina con fingida seguridad, con imprecisa confianza, con perceptible desamparo, con su indefensión brotándole por los poros.
Besó a Andrea en la frente, acarició en la cabeza a los niños, le sonrió a su perro y se desvaneció entre las páginas de un libro.
Los días que siguieron se sucedieron sin tiempo. Los únicos indicios de mensurabilidad entre un día y otro, eran aquel destello fugaz, y esos frágiles recortes de su vida, robados por un anónimo arte. Siempre a la misma hora… siempre en el mismo lugar.
Al día siguiente decidió que llegaría tarde a la oficina. Tomó el micro de las nueve y veinte y se procuró otro asiento. Veló su presencia entre las hojas de un periódico y aguardó el instante en que el transporte llegara hasta la siete. El semáforo estaba en verde y la velocidad no menguó. No obstante, el flash, resplandeció sobre su perfil de hastío.
No comprendía porqué, la muchacha de los jeans irrumpía tan breve, pero intrometidamente en su vida, en su privacidad sin nodos ni sustancia.
Camino de regreso dispuso una caminata. Se dirigió hasta la avenida del semáforo y allí la vio. Fotografiando transeúntes y colectivos. Se enfureció, creyó que aquellas fotografías podían ser empleadas posteriormente contra su seguridad, imaginó secuestros y esas cosas, no obstante, decidió ocultarse y observar.
Algunas personas indignadas se acercaron a la joven pidiendo explicaciones. Con una mirada serena y una amplia, sensata sonrisa, ésta, vociferaba incrédulas disculpas y prometía hacer entrega de los originales a todo aquel que se lo demandara.
Serían unas ocho personas en total, cada una de los cuales, después de manifestarse con furia, desviaría su mirada y caminaría, instantes después, casi sin itinerario, transfigurándose lentamente en pisadas sin sentido, con fingida seguridad, con imprecisa confianza, con perceptible desamparo, cada cual con su indefensión brotando por los poros.
Juntó coraje, y, semanas más tarde, reclamó sus originales. La muchacha, pacíficamente, prometió entregárselos al día siguiente.
Daniel enmascaró su impaciencia. La chica de los jeans, le dio un sobre de papel madera, cerrado con un ganchito. Otras personas se acercaron igual que él, y recibieron sobres similares.
Se encaminó rápidamente hasta su casa, entró al comedor y lo abrió. Dentro del mismo, cerca de treinta papeles fotográficos ofrecían una imagen en blanco, recortada en 10 x 15.
Impávidamente, la nada, golpeó violenta en sus narices.

sábado, 31 de enero de 2009

LA MUJER DEL MÉDICO (Ensayo sobre la ceguera, José de Saramago)

Menos mal que la pesadilla terminó. Aunque debería estar angustiada porque al juzgar por las apariencias soy la única en transitar solo el comienzo cuando los otros han llegado al fin.
Las apariencias fueron devastadoras en estos últimos tiempos. Menos mal que ya no estoy para verlas. ¡Tamaña ceguera la del ser humano que necesita “ver” las apariencias para llegar a la conclusión de sus miserias! Siempre hay una mujer con conjuntivitis que se apoya en nosotras, como también hay un niño que pregunta por su mamá y que también es víctima de esta alborea calma. Siempre está quien es especialista en determinada cosa o cuestión, y que llegado el caso es incapaz de resolverla cuando le toca en carne propia. Allí es donde descubrimos que las palabras y el conocimiento, la inteligencia, la capacidad intelectual no es nada cuando no se tiene sentido de la autocrítica, cuando no se conocen los senderos por los que se camina, cuando se necesita caminar con un bastón ( a veces, una mujer… o más de una), cuando la lógica se ve eclipsada por la sinrazón de los fracasos imprevistos y no hay ojos para ver los errores ajenos (solo los propios) ni para consultar los libros. No esperábamos este desastre. Sólo nos encontramos un día (en un comienzo solos el y yo… después se sumaron los demás) frente a la cruel realidad intangible, inimaginable, casi podría decirse ilegible, de encontrarnos ciegos. Quise acompañarte pero no pude dejar de ver. Fui tu guía, y hasta pude verte con ella. A fuerza de estar ciegos también creyeron que no serían vistos, pero si hubo un sentido que no perdí fue el de la vista… y el de la intuición. Pude comprenderte sin embargo. De alguna u otra forma estabas frente a un par.Aunque no obstante necesitaste de mis ojos para seguir adelante. ¡No te imaginas las cosas que tuve que ver! Sabías que ambas (como todas) habíamos sido ultrajadas. También sabías que había sido yo quien le había dado muerte a quien solo pudo ver nuestros cuerpos como objeto de deseo, como un estandarte de su poder fálico. Muchos hombres solo pueden ver a través de su sexo, y no escapaste a la regla. Te conduje hasta aquí. De todos modos estuve allí para sostenerte y sostener hasta quienes quisieron ocupar mi lugar. Cuando solo el perro de las lágrimas podía ver mi tristeza, podía ver mis lágrimas, podía verme a mí, traté de estar firme para sostenerlos.Tal vez mis ojos exhaustos no resistieron tanta oscuridad. No siempre estar ciego implica estar en la oscuridad, tal vez por eso sus cegueras fueron blancas. La oscuridad estaba afuera, contrastando con lo que entonces era la esa lechosa realidad de muchos. Ahora ya no ves por mí. Ahora tus ojos te muestran lo que antes pude ver. Pero estás ciego de otro modo, y yo puedo al fin disfrutar de esta nueva forma de vida. Puedo ver por otros ojos. Dejarme conducir con la tranquilidad de quien pisa sobre seguro porque se siente acompañado y retribuido, estar al margen de tanta desesperación, de tanta responsabilidad y dejarme llevar por la ciudad (la vida, como lo fue anteriormente el hospital… ese laberinto en llamas en el que fui Ariadna ovillando con sus ojos la salida del infierno), guiada por esta cándida manera de conducirme con su heroico y sencillo modo de mirar.

viernes, 19 de diciembre de 2008

EN EL PLANO DE LAS IDEAS


La gente está. Siempre está. Cada vez que necesito estar en soledad siento inevitablemente su presencia. A veces está para apoyarme, y otras tantas (la mayoría) para enjuiciarme.
Tienen diferentes maneras de hacerse notar, claro, y cada vez que necesito estar acompañado siento ineludiblemente su ausencia. A veces están para apoyarme, y otras tantas (la mayoría) para enjuiciarme. Pero no quiero repetirme. Solo quiero dejar en claro que siento que la gente existe. Que no pasa desapercibida, y que ya sea cargoseando como moscas o acercándose prudentemente, yo desde mi lugar la siento.
No cometí tantos crímenes. Dicen la verdad cuando hablan sobre las muertes, pero fueron solo cuatro, y soy el primero en castigarme por ello.
No me pesa tanto el haberlos cometido.
Me preocupa más la causa que el efecto. Lo único que me va a permitir comprender la situación es saber por qué motivo me embarco en tales empresas. Por que después de todo matarlas fue una simple idea, inocente como robar una lapicera en la escuela. Si hubiera quedado dentro del plano del pensamiento no pasaba de un mero deseo. No es tan grave. Los hechos son solo ideas llevadas a cabo. Basta con replantearme lo que pienso. El desenlace existe desde la raíz, desde la base del conflicto y no desde la superficie. Si consigo reconocer las causas voy a poder actuar sobre los efectos Lo hecho, hecho está y de nada sirve arrepentirse.
El problema ya no está en si asesiné o no a Susana, Beatriz, Silvina y Gimena. Empiezo a cuestionarme el por qué las conocí. Lisa y llanamente esa pregunta ¿Por qué me sentí atraído por ellas?
Nunca debería haber comenzado esas relaciones. Las parejas con el tiempo se desgastan… y bueno, yo al menos evité el desastre final…
Dicen que los tres causales más importantes de stress son la muerte de un ser querido, el divorcio, y las mudanzas.
Yo sinteticé.
Con sus muertes de alguna manera también atravesé las rupturas equivalentes a una separación. (No puedo evitar los recuerdos, y reconocer que las maté en épocas de crisis de pareja).
Una vez que las asesinaba tenía que mudar de provincia y construir una nueva identidad, y claro… sinceramente todo eso me llevó a un desgaste psicológico que nadie puede imaginar. No fue tan fácil para mí vivir con todo esto en mi cabeza. No es tan simple vivir huyendo… Cuando le cuento esto a mamá me dice que soy un perverso. Ella no entiende que tuve motivos, y que no es sencillo para mí atravesar todo este tiempo recluído, inmovilizado entre pensamientos, recuerdos y resentimientos.
Mamá dice que construyo relaciones enfermizas. Y lo admito, solo que ella no escucha cuando le explico que si bien tengo cierta tendencia a relacionarme con mujeres con desequilibrios, también suelo desprenderme fácilmente de aquello que me hace mal. No quiere darse cuenta de que cuando caigo en el error puedo desalojarlo rápidamente.
Yo no estoy tan enfermo como ellas.
Esta vez ya no pienso repetir la historia. (Aunque las otras veces lo hice sin pensarlo, actué por mero impulso).
La cárcel me está ayudando a salir de toda esta vorágine. La psicóloga me ayuda a comprender que no todas las mujeres son iguales, y se empeña en hacer hincapié en mi relación edípica. No termino de entender qué diferencia (más allá de los rasgos físicos) hay en la naturaleza de una u otra mujer), como tampoco encuentro qué hay de edípico en mis relaciones. ¡Y mamá que no escucha cuando le explico que estoy haciendo lo posible por dar fin a mis relaciones enfermizas! ¡Por Dios!¡Mujeres!
Estoy planeando una nueva vida para cuando salga de aquí. Ya no quiero volver a convivir con alguien que no me comprenda.
Por eso las maté.
Creo que no sirvo para la convivencia. Necesito en demasía la aprobación del otro y ahora sé que nadie es igual a mí.
Ya no más vida en común con nadie, ni media naranja ni nada. Está más que probado que esto no es para mí. Por suerte y gracias a Dios está mamá. Que siempre está cuando la necesito. Aunque no siempre me comprenda.
Como la gente, que siempre está pero a veces no me comprende.
Siempre hay gente. ¿Por qué será?
Mamá siempre está. Cuando necesito estar solo también está. Pero bueno… nada es eterno… en eso coincidían Susana, Beatriz, Silvia y Gimena. Claro que uno ya está como acostumbrado a ver de manera natural que los padres desaparezcan en algún momento.
Mi psicóloga no entiende que no necesito a mamá. Si hasta puedo acostumbrarme a la idea de su muerte.

lunes, 8 de diciembre de 2008

AQUELLAS PEQUEÑAS COSAS


“Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas”…”nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve…” J.S.Serrat


Ahora no están. Igualmente termino de ver sus cosas así que seguramente no deben de haber ido muy lejos. Hubo una noche en la que hablamos. Estábamos durmiendo y entraron a nuestro cuarto. Nos despertaron y charlamos pero ya no recuerdo qué.
Otro día (estábamos de vacaciones) tuvimos el impulso de hacerlos felices. Sentimos que estarían mucho mejor si nos marcháramos y los dejáramos solos nuevamente. Después de todo estaban muy bien sin nosotros Y no es que nuestra aparición les quitó la dicha, pero es una “nueva forma”, a la que cuesta acomodarse.
Pensamos seriamente en evitar lastimarlos. Igualmente es absurdo pensar en ello. Solamente a nosotros se nos puede pasar eso por la cabeza.
Lo mismo sentimos cada vez que reacomodamos cosas en la casa.
Tal vez sea yo el que no se acostumbra a que vivamos los cuatro (de a ratos somos muchos mas).
Por momentos siento que ella, me pide que me comporte como él, porque está acostumbrada de esa forma… Es entendible… ¡Después de tantos años!
No importan nuestras costumbres, las cosas ya están dadas de esta manera. Cuando se le pide el favor a alguien de compartir un techo es muy poco agradecido llegar poniendo las normas.
Nunca antes habíamos tenido que compartir casa. Siempre habíamos forjado proyectos entre los dos, y eso de alguna forma nos convertía en dueños de nuestras decisiones y partícipes en los consensos. Tampoco nunca antes habíamos reacomodado el tiempo. Esos instantes en los que en un abrir y cerrar de puertas todo confluye y no se sabe si lo que está guardado en el cajón es parte del presente o del pasado...
Debemos admitir que no se nos pide nada a cambio. Solo que no molestemos con mi nuestro modo de vida y nos adaptemos a las circunstancias preestablecidas.
Nos cuesta. Sinceramente nos cuestan los matrimonios de a cuatro.
¿Cómo puede ser tan difícil la monogamia?

martes, 2 de diciembre de 2008

REQUIEM


Se lo llevaron porque tenía ideas diferentes.
Se conocen solo los motivos, aunque resultan poco claros. O mejor dicho: Está claro que fue por causa de sus ideas. Lo que no resulta claro es ¿qué tiene de diferente tener ideas diferentes?
Todos tenemos ideas diferentes, y no nos matan por ello.
Nada había de malo en expresarlas. Pero… se ve que molestaban.
Se deben de haber sentido muy molestos, y era una manera de “callarlo”.
En este momento es donde deberíamos estar pidiendo cinco minutos de silencio en su honor, pero no hace falta callar también su ausencia, considerando lo paradójico del asunto ¿no? Solo “lo disfrazaron de ausencia”, porque es obvio que seguirá estando entre nosotros hasta el fin de nuestros días.
Se deberían repetir sus palabras, pero no es el momento preciso. Se le dio fin con la más absoluta precisión, eso sí.
Posteriormente, se consiguió borrar el rastro. Lo que no se pudo fue borrar el que dejó él con su pasado.
No se puede silenciar lo dicho, ni matar lo vivido y evidentemente su testimonio daba cuenta de demasiadas cosas.
Se desconoce el lugar, pero no el momento en el que se lo llevaron.
¿Qué cosa no? El tiempo nunca puede dejar de estar presente. En todo caso es uno el que deja de estar presente en el tiempo.
Con solo pensar que todo ocurre en un espacio y tiempo… y sin embargo ambas son cosas tan fáciles de ocultar…y en algunos casos ¡Tan simples de olvidar!
Él no olvidaba nada y lo sabía todo. Por eso ya no está entre nosotros.
Y nuevamente uno no puede dejar de hacerse esas preguntas ¿qué cosa no? “todo lo que se conoce” y “todo aquello que no se puede olvidar” han sido los “simples motivos” que lo llevaron hasta este lugar.
Es irrisorio ver cómo todo y nada en algunos contextos pueden perder su nivel de abstracción y parecer términos muy precisos. Nadie vio nada…. y uno se repite ¿nadie? Parece sumamente abarcativo, pero termina reuniendo en su univocidad la pluralidad de demasiados anonimatos.
Realmente no salimos de nuestro asombro. En algún momento lo quitaron del estante y lo quemaron. Y aquí quedamos nosotros. Inamovibles y pasmados, temiendo que lleguen los bomberos o algún sabueso

martes, 25 de noviembre de 2008

ESCENA PRIVADA EN UN LUGAR PÚBLICO


El camarógrafo comienza a filmar cuando la señal de PAUSA parpadeante en el visor de su aparato deja de titilar y se produce la “metamorfosis de la palabra”, convirtiéndose, aquel primer sustantivo común, en un gerundio que indica la situación actual de la persona a cargo, es decir: GRABANDO.
Una vez que han de conseguirse estas condiciones propicias (al menos un ser humano capaz de pulsar el botón y mirar a través de la cámara, una cámara que capture video y un botón),puede decirse que están las condiciones dadas para dar inicio a la acción.
En un locutorio, una joven, pongámosle Cocó nuevamente (pero antes de su asesinato, por supuesto) pide una cabina telefónica.
El empleado del otro lado del mostrador, le concede la cabina número5.
Es sábado a la una de la mañana y Cocó ha quedado en encontrarse con un joven rubio y alto que no se ha presentado a la cita y ésta (la cita no, Cocó), a la vez que mira sigilosamente el reloj, e impacientándose por la impuntualidad del mismo (del joven rubio) decide llamarlo para saber si se trata de una espera definitiva o momentánea.
Primer plano del reloj de Cocó en su muñeca marcando la una p.m.
De este modo hubo de advertir la protagonista que la dilación era definitiva. De no haber sido que el camarógrafo enfocó su reloj en el debido momento, no habría de darse cuenta irrevocable, de la indefectible finalización del plazo, junto con su consecuente pérdida de confianza a raíz de la actitud inapropiada del blondo esbelto. Sencillamente así, decidió buscar en el directorio de su celular, el número del mismo (por supuesto que buscaba el teléfono del blondo, ya que no pensaba realizar una auto llamada de la cabina a su celular para meditar en voz alta sobre lo sucedido y/o escuchar la voz de su conciencia de uno y otro lado de ambos teléfonos… no… Cocó no era de esas…) para darle la oportunidad de una debida justificación ante la inexorabilidad del tiempo que transcurre.
Primer plano del celular de Cocó en sus manos de muñeca marcando la una p.m.
De este modo hubo de advertir seguramente el Lector, que algo estaba fallando. De no haber sido que el camarógrafo enfocó el celular, (y previamente el reloj) en su debido momento, no habría de darse cuenta, de la necesaria conclusión de que o bien el reloj adelantaba, o el celular atrasaba.
Primer plano del Escritor observando la hora en el momento de la creación de este texto, corroborando con exactitud, que se trata irremediablemente de la 1.31 p.m.
De fondo, y visto de espaldas, con los pies en alto y tomando una gaseosa Light, el Lector desconfía del camarógrafo y del Escritor y mira su reloj. Comprueba irremisiblemente que ni el camarógrafo, ni el Escritor le mienten, y que inapelablemente, Cocó está siendo víctima de una espera evidente e indudable para todos.
Nerviosa, ésta (la única protagonista femenina mencionada hasta el momento, y por tanto la única posible) no encuentra el número telefónico al cual desea llamar. Mientras busca, una deuteragonista irrumpe la escena pidiendo una cabina.
- No hay, va a tener que esperar un instante-, contestó el empleado del locutorio dirigiendo una mirada cómplice al Escritor, dándole pie así a la continuación del correlato de su historia.
- ¿Cómo que no hay? -, apeló la muchacha. Necesito hacer una llamada urgente.
Desesperada y fuera de sí, abre la puerta de la cabina 5 y se sienta sobre las rodillas de Cocó. Comienza temblorosa a marcar un número telefónico, dispuesta a realizar la indispensable llamada.
Nadie se da cuenta de lo sucedido (a excepción del Narrador, quien en este momento no es otro que el Escritor tratando de no quedar “pegado” como testigo ni como “autor intelectual del hecho” quien disimula escribiendo en la computadora, y finge no tener ni la menor idea de lo que está sucediendo dentro de la trama misma de su descripción inequívoca, mientras silba una melodía sin sentido y mira la hora que marca la 1.45 pm).
- ¿Qué hacés acá? ¿No ves que en esta cabina estoy yo?,- dice enfurecida Cocó no tanto por la muchacha en su rodilla sino por que termina de caer en la cuenta de que su reloj se detuvo en la 1 p.m.
- Éste es un lugar público, - replicó la mujer haciendo referencia al locutorio (no a las rodillas de Cocó). No podés tardar todo lo que te plazca ¿Qué pensás que el tiempo no corre? ¿O que corre solamente a tu velocidad?
- Éste es mí tiempo, transcurre adentro de mí cabina- ladró Cocó
- Calláte.- dijo el novio de la muchacha a Cocó a manera de imperativo categórico parado desde la puerta de la cabina (La 5) . El tiempo adentro de tu cabina transcurre del mismo modo que el de afuera. ¡Contrataste una cabina no una máquina de tiempo!
El novio de la muchacha está parado en la puerta de la cabina desde la 1.45 p.m pero el Escritor prefirió obviar su mención para producir un efecto sorpresa en el Lector al incorporarlo al diálogo, y alcanzando así la pretendida turbación (la suya, por supuesto. La suya no, a usted no le hablo, ¿no ve que nunca me dirijo al Lector en primera persona?).
Ahora el reloj marca la 1.59 p.m (todos los relojes, a excepción del de Cocó que no funciona bien).
Cocó, sumisa, temerosa, decide no desafiar al novio de la muchacha y seguir buscando en el directorio de su celular el teléfono al que pretende hacer la llamada. Mientras tanto, la muchacha sigue sentada en sus rodillas hablando no importa de qué ni con quién porque no viene al caso.
Al cabo de un cierto límite de tiempo, termina el llamado, cuelga el teléfono y se retira llorando en brazos de su amado.
Cocó finalmente encuentra el número al que pensaba llamar pero decide no hacerlo. Sale de la cabina. Y mientras se encamina hacia la salida del locutorio, el empleado la detiene y le dice:
- ¡Hey! Debe abonar quinientos pesos. Si quiere puede hacerlo con tarjeta de crédito.

2.04 p.m. Ha transcurrido una hora desde el inicio de la narración. Esta lectura puede estar siendo registrada por las cámaras del locutorio, (una medida de prevención que utilizan desde hace tiempo para ver si consiguen evitar hechos delictivos de toda índole)
Pero también puede estar siendo grabada por el camarógrafo.
De no haber sido que enfocó su reloj en el debido momento, no habría el Lector de darse cuenta irrevocable, de la indefectible finalización del plazo, junto con su consecuente pérdida de confianza a raíz de la actitud inapropiada del blondo esbelto quien no concurrió a la cita por quedarse escribiendo este cuento.