sábado, 5 de marzo de 2016
Dormida
Dormida
Ser de barro, ingenuamente,
de mármol impenetrable
esculpir sensaciones, sentimientos,
darle forma a la emoción.
Lágrimas sin sal,
llanto sin nombre.
Huír del desierto,
buscar consuelo inalcazable,
dejarse vencer,
remontar.
Alzar el vuelo
con tu mirada pidiéndome auxilio.
Sin miedo
te extingues,
recuerdas,
olvidas,
guardas secretos
en tu universo pequeño que atesoras,
(aquél que siempre nos separó
y hoy te salva)
poniéndote a resguardo de la mentira
con tu más cruda verdad.
Y despliegas tus alas
definitivamente decidida para emprender el Viaje.
Y yo aquí, mirándome en tu espejo
empañado,
que me nombra.
viernes, 12 de febrero de 2016
La virginidad de los temores
Cuando se vieron a los ojos, sintieron una perturbación inconfundiblemente cierta. Se supieron solos en este mundo, como todos lo estamos aunque nos acompañe un otro. Su soledad no terminaba de ser ni genuinamente precisa, ni figurada; y aún en medio del orden (ese que no se diferencia tanto del caos) se reconocieron cuerdamente acompañados y conducidos por lo inefable. Misterio insondeable fue el por qué.
La fascinación les resultó ajena, (¿habría de ser esa, la palabra?) el hechizo inexplicable de dos que se encuentran resplandecientes ante el soborno incorruptible de la caricia los destinó donde -sin saberlo- quisieron ir. La ternura, que encendió una nueva pasión callada, capitaneó las horas poblada por besos casi infernales; y esa tentación irrefrenable que no encontró un verbo audaz entre sus cuerpos, se adueñó de la Historia.
Extraordinaria coincidencia que sólo puede acarrear un melancólico desenlace, ese que suele rescindir historias de amor de las que hieren el ego de algún ser que no participa de lo que no posee.
Se desvanecieron ante la contemplación de aquellos dos que sólo pueden habitarse en esa entrega mutua, las inextricables caricias dotadas de una felicidad inigualablemente propia; pero ambicionada por sus pares sin existencia. La efímera y cándida utopía de pretender abarcar la inmensidad de un sentimiento que los traspasa, los marcó a fuego.
Nunca descifraron si el amor les fue otorgado como un don o un escarmiento, por saberlo saborear con alma y piel.
Lo cierto es que nada tan maduro puede ser eterno si no es por designio y bajo el consentimiento de algún Dios; y vaya a saber por qué motivo – propio o ajeno – terminaron decidiéndose a ser dos en uno, por primera e inequívoca vez. Hicieron el amor (innegablemente lo hicieron) y la totalidad les fue absoluta. Extraño pecado aquel de amarse haciéndose a sí mismos como si la existencia les hubiera sido dada a partir de entonces y sólo para sí.
No hubo dedicatorias. Ambos llegaron a intuir que no existía algo más genuino que esa gracia otorgada, ni más motivo para vivenciarla que el de la ofrenda mutua y el deleite. Encontraron en el otro, el más hermoso de los absolutos.
Los enjuiciadores dicen que ella no pudo no sucumbir ante la extravagancia, y que fue la causante de todo lo que sucedió posteriormente. Existe aún quien se cuestiona si ésta es una verdad irrefutable o una justificación de la que se sirvieron durante mucho tiempo para atemorizar a quienes le dieron lugar al miedo (alimentando de este modo el poder de tantos otros). Pero el amor desconoce la cobardía, y ella debió acarrear con el peso eterno de haber perdido la virginidad de los temores y de la historia.
Dos hermosos hijos continuaron su karma. Sólo uno quedó para contar con cuánto amor fue engendrado; pero no encontró ni una palabra para medir aquello que por resolución nunca le otorgaron. El amor fue tanto, que la osadía que tuvieron sus progenitores no importó al Juez, ni contempló siquiera la posibilidad de que fuera mentira que tanta belleza, pudiera caber en una simple manzana mordida.
martes, 26 de enero de 2016
MUJERES SAVIA
Es posible ir caminando un día, por una calle cualquiera, y sin pretenderlo tropezarse con una flor como en cualquier otro momento hubieras tropezado con una piedra. La mirás, le sonreís, la tomás entre tus manos, y la integrás a tu vida y a tu pensamiento (así de simple).
Hay flores y flores, claro está. Hay unas a las que bien podría llamársele “la maravilla”; porque te enseñan con cada hoja que pierden, con cada brotecito que nace, con cada pétalo que asoman. Y mágica, misteriosamente, te alimentan y te impulsan a alimentarlas; porque cuando una flor golpea tu puerta es para que la cuides, y te dejes acariciar por su perfume.
Puedo verlas. Están allí. Las siento cerca.
Son mujeres con extraños códigos. Mujeres de acero, de cenizas, arena, viento y lágrima. Mujeres que renacen y te invitan a renacer. Mujeres melodía… Mujeres clepsidra...
No son flores corrientes. Son flores silvestres que provocan toda clase encontrada de sensaciones y pensamientos (de los más diversos), y que tienen la extrañeza de no cuajar en este loco mundo.
Cuando las veas, si atinas a reconocer su esencia de flor sabia (savia femenina), si por esas casualidades te las cruzas; confía en tu instinto y déjalas echar raíces a tu lado. Porque sólo echando raíces consiguen levantar vuelo.
Hay flores y flores, claro está. Hay unas a las que bien podría llamársele “la maravilla”; porque te enseñan con cada hoja que pierden, con cada brotecito que nace, con cada pétalo que asoman. Y mágica, misteriosamente, te alimentan y te impulsan a alimentarlas; porque cuando una flor golpea tu puerta es para que la cuides, y te dejes acariciar por su perfume.
Puedo verlas. Están allí. Las siento cerca.
Son mujeres con extraños códigos. Mujeres de acero, de cenizas, arena, viento y lágrima. Mujeres que renacen y te invitan a renacer. Mujeres melodía… Mujeres clepsidra...
No son flores corrientes. Son flores silvestres que provocan toda clase encontrada de sensaciones y pensamientos (de los más diversos), y que tienen la extrañeza de no cuajar en este loco mundo.
Cuando las veas, si atinas a reconocer su esencia de flor sabia (savia femenina), si por esas casualidades te las cruzas; confía en tu instinto y déjalas echar raíces a tu lado. Porque sólo echando raíces consiguen levantar vuelo.
miércoles, 20 de enero de 2016
Desandares
Lágrimas como dagas,
olvidos repletos de despertares,
noches insomnes dedicando pensamientos
esparcidos por la nada.
Anhelos equivocados,
silencios como palabras...
No importa si me escuchas.
Es tan doloroso el llanto
como lo fue aquél oasis de alegría.
olvidos repletos de despertares,
noches insomnes dedicando pensamientos
esparcidos por la nada.
Anhelos equivocados,
silencios como palabras...
No importa si me escuchas.
Es tan doloroso el llanto
como lo fue aquél oasis de alegría.
martes, 19 de enero de 2016
Abecediendo
Abecediendo
Antaño buscaba caminos de entrega,
fulgores genuinos,
historias intensas,
jamáses karmáticos,
lunas llenas mirándome…
Naderías ñengas,
obsecuentes pregones queriendo rozar
sábanas tristes,
uniéndome vanamente, wagnerianamente,
xántica y zabordándote.
Antaño buscaba caminos de entrega,
fulgores genuinos,
historias intensas,
jamáses karmáticos,
lunas llenas mirándome…
Naderías ñengas,
obsecuentes pregones queriendo rozar
sábanas tristes,
uniéndome vanamente, wagnerianamente,
xántica y zabordándote.
lunes, 8 de junio de 2015
Sentido consentido
Me agrada salir a la mañana temprano, y respirar.
Respirar aire puro, fresco. Ya sea el de un amanecer radiante o el del olor a suelo bautizado, anunciando un chaparrón.
Respiro la urbe, – sin mayores posibilidades - con sus escapes ensordecedores y contaminantes, con transeúntes respirando la humedad hasta en los intersticios de su piel expuesta. Respiro del mismo suspiro que su aliento, y en cada exhalación se lo devuelvo más saturado cada vez.
Respiro desde el ómnibus la transpiración impregnada de hastío de las monótonas jornadas. Respiro el bramido del chofer automatizado por la actividad que lo agarrota en su butaca.
Y no puedo evitar el “respirar la oficina”, con su hálito de inercia; y al gerente de la empresa con su efluvio de vaivén emocional.
Respiro a mis colegas alienados, con su fetidez ansiosa de oír el tic tac del aquel reloj marcando “doce”.
Respiro el susurro angustioso de las saetas del reloj de pared; el cual me arroja a la irrecusable idea de que somos tiempo, y de que el minuto se cumple, estando nosotros aquí dentro, siendo poco menos que prisioneros de sus manecillas capitalistas.
Respiro el paladar del mediodía, ávido de gustar de la delicia de un nuevo manjar del restó… y como una incisión en mi jadeo agobiante (quien me avizora en tantas ocasiones), me permito disfrutar del aroma de los condimentos, muy a sabiendas de que ya se empieza a percibir en el aire, ese pestífero momento de regresar a la oficina; la cual me emplaza con su emanación de bibliorato.
Respiro la apatía de los días, en los semblantes de quienes me rodean, en las esperanzas de respirar aire diáfano, distantes ya de tanto displacer y alienación.
Respiro mi reloj y dan las dieciocho. Me marcho con mi portafolios, oliendo sus ganas de desandar en casa, de arrebujarse en el estante, de deshacerse hasta volverse polvo.
Respiro “el olor a pino” del taxi de regreso. La conversación trivial de quien respira el mismo auto y escucha todo el tiempo las respiraciones fastidiadas de los pasajeros que resoplan vivencias a su oído.
De regreso a casa, respiro a mi perro. La frescura que emana de su recibimiento refresca mis sentidos, y puedo oler su tufo perruno (incomparablemente suyo). Y lo amo aún así, con sus vahos de callejero incurable, revolcándose en las zanjas.
Respiro el césped de mi jardín, y las flores que intentan bienvenirme, asomando brote a brote.
Respiro el agasajo de mi hijo, con su fragancia entremezclada de mamadera de las dieciocho y shampoo de las dieciocho treinta. Respiro su perfumito a inocencia, a balsamito de mi alma, emanación de mi felicidad extrema.
Respiro a mi esposa, con su olorcito a familia, a beso de buenas tardes con olor a mate y bizcochito, su pelo lacio con fragancia a Luisa, a toda Luisa y su indefinible pero inigualable perfume de mujer, que desboca todos mis sentidos.
Respiro el aroma de la cena. Degusto los sabores que, presiento, conforman condimentos de mi plato con sabor a hogar. Respiro la paz de mi refugio, el amor de Luisa en delantal, los ojos tiernos de Martín.
Respiro esos ojitos húmedos de sueño, que me piden que lo abrace y que le cuente un cuento. Respiro el olor de sus sábanas, las esencias de las perfuminas en el acolchado, la serenidad de su sueño imperturbable, la belleza de su asombro en permanente estreno. Respiro el olor de su peluche entremezclando alguna baba nocturna, con el aroma del jabón en polvo de algún lavarropas con fauces devoradoras de baboseos, lágrimas y caramelo pegoteado.
Respiro las ganas de reencontrarme, de abrazarla, de entrelazarnos en el cuarto, y me ducho en un solo respiro. La respiro a ella, y a sus deleites. A toda ella, y a sus caricias… y la esencia que emana de nuestros cuerpos en el momento del letargo. Alquímico efluvio que nos aúna, en una sublime fragancia que sólo puede conjugarse con la unión de nuestros contornos.
Respiro su abrazo rendido, su aliento a buenas noches, mis ganas de rodear su cintura hasta sentir el destello de las horas silenciosas que inducen al descanso. Y así me voy adormeciendo, perdiéndome entre sus piernas y su cintura. Perdiéndome allí, entre el aroma que aún persiste de las lagañitas dulces de Martín. Extraviándome entre los olores de mi cuarto y de mis seres queridos, siento el olor de la vida... Y ahuyento el olor de la muerte cuando se asoma a la ventana y le argumento que aún no es tiempo; y que su olor no me transporta hacia ningún lugar deseado, y que aún elijo cada día, (y a pesar de las mañanas con olor a tedio), regresar a mi pestilencia cotidiana de oficina, y continuar a la salida, respirando futuritos junto a ellos.
Respirar aire puro, fresco. Ya sea el de un amanecer radiante o el del olor a suelo bautizado, anunciando un chaparrón.
Respiro la urbe, – sin mayores posibilidades - con sus escapes ensordecedores y contaminantes, con transeúntes respirando la humedad hasta en los intersticios de su piel expuesta. Respiro del mismo suspiro que su aliento, y en cada exhalación se lo devuelvo más saturado cada vez.
Respiro desde el ómnibus la transpiración impregnada de hastío de las monótonas jornadas. Respiro el bramido del chofer automatizado por la actividad que lo agarrota en su butaca.
Y no puedo evitar el “respirar la oficina”, con su hálito de inercia; y al gerente de la empresa con su efluvio de vaivén emocional.
Respiro a mis colegas alienados, con su fetidez ansiosa de oír el tic tac del aquel reloj marcando “doce”.
Respiro el susurro angustioso de las saetas del reloj de pared; el cual me arroja a la irrecusable idea de que somos tiempo, y de que el minuto se cumple, estando nosotros aquí dentro, siendo poco menos que prisioneros de sus manecillas capitalistas.
Respiro el paladar del mediodía, ávido de gustar de la delicia de un nuevo manjar del restó… y como una incisión en mi jadeo agobiante (quien me avizora en tantas ocasiones), me permito disfrutar del aroma de los condimentos, muy a sabiendas de que ya se empieza a percibir en el aire, ese pestífero momento de regresar a la oficina; la cual me emplaza con su emanación de bibliorato.
Respiro la apatía de los días, en los semblantes de quienes me rodean, en las esperanzas de respirar aire diáfano, distantes ya de tanto displacer y alienación.
Respiro mi reloj y dan las dieciocho. Me marcho con mi portafolios, oliendo sus ganas de desandar en casa, de arrebujarse en el estante, de deshacerse hasta volverse polvo.
Respiro “el olor a pino” del taxi de regreso. La conversación trivial de quien respira el mismo auto y escucha todo el tiempo las respiraciones fastidiadas de los pasajeros que resoplan vivencias a su oído.
De regreso a casa, respiro a mi perro. La frescura que emana de su recibimiento refresca mis sentidos, y puedo oler su tufo perruno (incomparablemente suyo). Y lo amo aún así, con sus vahos de callejero incurable, revolcándose en las zanjas.
Respiro el césped de mi jardín, y las flores que intentan bienvenirme, asomando brote a brote.
Respiro el agasajo de mi hijo, con su fragancia entremezclada de mamadera de las dieciocho y shampoo de las dieciocho treinta. Respiro su perfumito a inocencia, a balsamito de mi alma, emanación de mi felicidad extrema.
Respiro a mi esposa, con su olorcito a familia, a beso de buenas tardes con olor a mate y bizcochito, su pelo lacio con fragancia a Luisa, a toda Luisa y su indefinible pero inigualable perfume de mujer, que desboca todos mis sentidos.
Respiro el aroma de la cena. Degusto los sabores que, presiento, conforman condimentos de mi plato con sabor a hogar. Respiro la paz de mi refugio, el amor de Luisa en delantal, los ojos tiernos de Martín.
Respiro esos ojitos húmedos de sueño, que me piden que lo abrace y que le cuente un cuento. Respiro el olor de sus sábanas, las esencias de las perfuminas en el acolchado, la serenidad de su sueño imperturbable, la belleza de su asombro en permanente estreno. Respiro el olor de su peluche entremezclando alguna baba nocturna, con el aroma del jabón en polvo de algún lavarropas con fauces devoradoras de baboseos, lágrimas y caramelo pegoteado.
Respiro las ganas de reencontrarme, de abrazarla, de entrelazarnos en el cuarto, y me ducho en un solo respiro. La respiro a ella, y a sus deleites. A toda ella, y a sus caricias… y la esencia que emana de nuestros cuerpos en el momento del letargo. Alquímico efluvio que nos aúna, en una sublime fragancia que sólo puede conjugarse con la unión de nuestros contornos.
Respiro su abrazo rendido, su aliento a buenas noches, mis ganas de rodear su cintura hasta sentir el destello de las horas silenciosas que inducen al descanso. Y así me voy adormeciendo, perdiéndome entre sus piernas y su cintura. Perdiéndome allí, entre el aroma que aún persiste de las lagañitas dulces de Martín. Extraviándome entre los olores de mi cuarto y de mis seres queridos, siento el olor de la vida... Y ahuyento el olor de la muerte cuando se asoma a la ventana y le argumento que aún no es tiempo; y que su olor no me transporta hacia ningún lugar deseado, y que aún elijo cada día, (y a pesar de las mañanas con olor a tedio), regresar a mi pestilencia cotidiana de oficina, y continuar a la salida, respirando futuritos junto a ellos.
domingo, 24 de mayo de 2015
FIN
La primera vez que intimé con otro hombre, lloré. No podía acostumbrarme a la idea de otro cuerpo, otras manos, otros labios sobre mi piel. No podía – no quería - deshacerme de tus sentidos, y mucho menos de los míos. Era como traicionarte, y de algún modo, traicionarme.
Otras veces había experimentado esa sensación; pero esta vez fue diferente. Quería huir y tu mirada me frenaba. Era tu pedido, tu fantasía, tu juego, que me provocaba, que me involucraba. Un simple juego que consistía en filmarme- como tantas otras veces lo habíamos hecho- pero esta vez, de otro modo.
No éramos nosotros, ni nuestra prodigada pasión; ni nuestros tibios temblores; ni mis talentos sobre tu cruz; tus roces en mi sexo; mi sigiloso atajo; tus señales invisibles; mi estatismo precedente; ni era tu firme abrazo el que esperaba sediento mi espasmo, estallando plagado de pequeños puntos suspensivos. Ni fue tu mirada de arcoíris quien me sostuvo en sus brazos, ni mis lágrimas de niña las que contuvieron la emoción encarcelada de mis ojos ilusionados…y ese día lloré como llora una mujer. No eran nuestras palabras al oído ni nuestra ternura. Lisa y llanamente, no éramos nosotros.
Estuve con él, como quien se inmola ante un dios. Y vos allí filmando tu figura, tu agonía y el dulce veneno vertido de tu frenesí; de tu afán de desnudarme de esa nueva forma ante tus ojos. Y yo a sabiendas de tu vicio, de ese frágil estertor que provocaba en tus sentidos, fiel al antojo de tu voluntad y de mis deseos de encontrarte, (y de encontrarme con tan valiosa recompensa en nuestro cuarto, al regresar) accedí. Tú (nuestro) cuarto: el que nos vio abrazados cien amaneceres. Ni uno más.
Pero hubo una vez, que fue el fin. Quise olvidarte en tu lecho, y le dediqué infinitas noches de filmaciones imaginarias. Acompañada por la presencia de tu sombra hecha con luz descolorida (quien me recompensaba con su espada de Damocles sobre mi almohada, en la mañana) pude finalmente olvidarte, en el reflejo de tu espejo que se desvanecía en mi piel.
Y arranqué tu huella del lugar más insignificante de nuestra memoria. Y pude al cabo sublimar mis puntos suspensivos en dos puntos, que no fueran paralelos.
Y culminamos en aquel punto de quiebre entre la realidad y la utopía en el que todo se desdibujó y donde tu fantasía fue la mía (en el instante mismo en el que me arrojaste al abismo de su cama) y junto a ella te arrulló el olvido. No sé por qué mi recuerdo insiste en figurarme ese lugar con el aspecto de tu cuarto.
Y esta vez pudimos desleírnos nuevamente en los cristales, como antaño, y sin despedidas. Nos deshicimos para siempre, quedándonos con un pedacito de algo inconsistente e inefable, y que sin dudas sé que es mío; pero no me pertenece. Quizás sea el boceto de un resquebrajado intento de un “nosotros”; pero sólo quizás…
De todos modos pude olvidarte; y hoy somos dos los que renacemos en la entrega de otros labios, en la excitación de otros cuerpos. Sin culpa alguna ni imaginaciones que involucren a terceros… De alguna forma te encuentro, cuando él la encuentra. Y es verídico el amor, porque es certero cuando confirmo que aún nos une… y aún los une.
Otras veces había experimentado esa sensación; pero esta vez fue diferente. Quería huir y tu mirada me frenaba. Era tu pedido, tu fantasía, tu juego, que me provocaba, que me involucraba. Un simple juego que consistía en filmarme- como tantas otras veces lo habíamos hecho- pero esta vez, de otro modo.
No éramos nosotros, ni nuestra prodigada pasión; ni nuestros tibios temblores; ni mis talentos sobre tu cruz; tus roces en mi sexo; mi sigiloso atajo; tus señales invisibles; mi estatismo precedente; ni era tu firme abrazo el que esperaba sediento mi espasmo, estallando plagado de pequeños puntos suspensivos. Ni fue tu mirada de arcoíris quien me sostuvo en sus brazos, ni mis lágrimas de niña las que contuvieron la emoción encarcelada de mis ojos ilusionados…y ese día lloré como llora una mujer. No eran nuestras palabras al oído ni nuestra ternura. Lisa y llanamente, no éramos nosotros.
Estuve con él, como quien se inmola ante un dios. Y vos allí filmando tu figura, tu agonía y el dulce veneno vertido de tu frenesí; de tu afán de desnudarme de esa nueva forma ante tus ojos. Y yo a sabiendas de tu vicio, de ese frágil estertor que provocaba en tus sentidos, fiel al antojo de tu voluntad y de mis deseos de encontrarte, (y de encontrarme con tan valiosa recompensa en nuestro cuarto, al regresar) accedí. Tú (nuestro) cuarto: el que nos vio abrazados cien amaneceres. Ni uno más.
Pero hubo una vez, que fue el fin. Quise olvidarte en tu lecho, y le dediqué infinitas noches de filmaciones imaginarias. Acompañada por la presencia de tu sombra hecha con luz descolorida (quien me recompensaba con su espada de Damocles sobre mi almohada, en la mañana) pude finalmente olvidarte, en el reflejo de tu espejo que se desvanecía en mi piel.
Y arranqué tu huella del lugar más insignificante de nuestra memoria. Y pude al cabo sublimar mis puntos suspensivos en dos puntos, que no fueran paralelos.
Y culminamos en aquel punto de quiebre entre la realidad y la utopía en el que todo se desdibujó y donde tu fantasía fue la mía (en el instante mismo en el que me arrojaste al abismo de su cama) y junto a ella te arrulló el olvido. No sé por qué mi recuerdo insiste en figurarme ese lugar con el aspecto de tu cuarto.
Y esta vez pudimos desleírnos nuevamente en los cristales, como antaño, y sin despedidas. Nos deshicimos para siempre, quedándonos con un pedacito de algo inconsistente e inefable, y que sin dudas sé que es mío; pero no me pertenece. Quizás sea el boceto de un resquebrajado intento de un “nosotros”; pero sólo quizás…
De todos modos pude olvidarte; y hoy somos dos los que renacemos en la entrega de otros labios, en la excitación de otros cuerpos. Sin culpa alguna ni imaginaciones que involucren a terceros… De alguna forma te encuentro, cuando él la encuentra. Y es verídico el amor, porque es certero cuando confirmo que aún nos une… y aún los une.
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