martes, 25 de agosto de 2026

La rúbrica



En 1973, durante uno de esos inviernos de Montevideo en que la humedad parece haber sido inventada para conservar los recuerdos, conocí a un hombre llamado Esteban Luján. Trabajaba en el archivo de una escribanía de la calle Sarandí y profesaba, con una fe que yo juzgué excesiva, cierta doctrina según la cual la firma de un hombre contiene su carácter, su pasado y acaso su destino.
No recuerdo quién nos presentó. Recuerdo, sí, el café oscuro, una ventana empañada y su manera de mirar los sobres firmados que llegaban a la oficina. No le interesaban las cartas. Le interesaban las rúbricas.
Una tarde sacó de un cajón una hoja amarillenta.
—Mire ésta —me dijo.
La firma era complicada. Comenzaba con un ángulo semejante a un tejado, ascendía luego en dos trazos verticales y terminaba en una serie de curvas que parecían envolver el nombre y negarlo.
Luján la observó durante largo rato.
—Una personalidad insegura —dictaminó—. Contradictoria. Tal vez inestable. Esos cruces, esas vueltas sobre sí misma...
Yo le pregunté de quién era.
Sonrió.
—De un hombre que vive en Colonia. Se llama Federico Varela. Tiene cincuenta y ocho años.
Dos semanas después conocí a Varela por casualidad o por una de esas causalidades que, vistas muchos años después, adquieren la forma deliberada del destino. Era ingeniero agrónomo y poseía una pequeña estancia cerca de Carmelo. Había venido a Montevideo por una sucesión.
Le hablé de Luján.
Cuando mencioné el análisis de su firma, soltó una carcajada.
—¿Inestable? —dijo—. Puede ser. Aunque entonces empecé temprano.
Me explicó que usaba aquella firma desde los trece años.
La había inventado una tarde de verano, sentado en la mesa de la cocina de la casa paterna. Su propósito no había sido expresar su carácter, sino copiar la firma de su padre, que encontraba elegante e inaccesible. Ensayó durante semanas. Nunca consiguió reproducirla exactamente. De aquellos fracasos nació, poco a poco, su propia rúbrica.
—Al final ya no se parecía a la de mi padre —me dijo—, pero yo me acostumbré a hacerla así.
Le pregunté si conservaba alguna firma paterna.
Varela abrió una carpeta de documentos sucesorios y me mostró una escritura de 1939.
Sentí una incomodidad que entonces no supe justificar.
La firma del padre de Federico era extraordinariamente semejante a la de su hijo.
No idéntica. Ninguna firma lo es. Pero allí estaban el mismo ángulo inicial, las dos líneas altas y aquella forma circular que encerraba el final del apellido.
Cuando volví a la escribanía, se la mostré a Luján.
Él no pareció sorprendido.
—Entonces sabemos de dónde procede la inestabilidad.
Su respuesta era una broma, pero algo en su tono me desagradó.
Meses después murió el padre de Varela.
Entre sus papeles apareció una carta fechada en 1911. Estaba dirigida a un primo que vivía en Paysandú. En un párrafo sin importancia, el hombre relataba una travesura de infancia: había pasado tardes enteras intentando aprender la firma de su propio padre para poder firmar las autorizaciones escolares que éste olvidaba.
La frase exacta se ha perdido, pero recuerdo su sentido:
Al final nunca logré copiarla y me quedó esta firma absurda que todavía uso.
Varela me llevó entonces una fotografía de un documento todavía más antiguo.
Pertenecía al abuelo.
La firma era la misma.
O mejor dicho: era otra ejecución de aquella forma.
El ángulo. Las dos elevaciones. Los círculos finales.
Pensé en esas melodías populares cuyo origen nadie conoce porque cada músico afirma haberlas aprendido de otro.
Luján, cuando se enteró, abandonó por un instante su seguridad.
—Habrá que buscar al bisabuelo —dijo.
Lo encontramos.
No al hombre, naturalmente, que había muerto antes del nacimiento de Federico, sino a su firma.
Estaba en un libro parroquial de 1882, en una pequeña iglesia del interior de Soriano.
También él había trazado aquel signo.
Fue entonces cuando el problema dejó de interesarme como curiosidad genealógica.
Comenzamos a buscar.
El padre del bisabuelo había firmado un contrato de compraventa en 1854. La rúbrica era semejante.
El padre de éste aparecía como testigo en un acta de 1821.
La misma forma.
Hubo pequeñas diferencias: un bucle más estrecho, una línea que faltaba, un trazo más alto. Pero la figura fundamental persistía, como persiste una palabra a través de las deformaciones de los dialectos.
Luján elaboró entonces una teoría que prefiero no defender.
Sostuvo que cada hombre de aquella familia había intentado copiar la firma de su padre y que cada fracaso había producido una variación mínima. La firma que Federico creía haber inventado a los trece años era, en realidad, el último término de una serie secular de errores.
No se heredaba la firma.
Se heredaba el intento de copiarla.
Aquella hipótesis me pareció hermosa y falsa.
Hasta que apareció el documento de 1796.
Lo encontramos en Buenos Aires, en una colección privada que había pertenecido a un comerciante portugués. Uno de los testigos se llamaba Alonso Barela —la ortografía vacilaba entonces— y junto a su nombre había una rúbrica.
Era indiscutiblemente la misma.
Luján dejó de hablar de psicología.
Empezó a hablar del infinito.
Decía que toda firma presupone otra anterior. El hijo copia al padre; el padre copió al abuelo; el abuelo, a su padre. Podíamos retroceder cien años o mil, pero jamás encontraríamos la primera firma, porque el primer hombre de la serie habría tenido también que copiar a alguien.
—En algún momento tuvo que empezar —le dije.
—Eso es lo que creemos porque estamos acostumbrados a que las cosas empiecen.
La investigación se volvió absurda.
Buscamos Varelas y Barelás en registros militares, libros de bautismo, documentos de embarque. Llegamos a Lisboa. Luego a una aldea de Extremadura. Después perdimos el apellido pero no la rúbrica.
Un notario del siglo XVII firmaba con ella.
También un mercader genovés del XVI.
En una reproducción de un manuscrito medieval encontramos un signo que podía ser el mismo o podía ser nuestra obstinación.
Comprendí entonces que Luján había dejado de estudiar documentos y empezaba a encontrarlos.
Todo trazo curvo le parecía una confirmación.
Toda línea vertical pertenecía al árbol.
Le advertí que estaba viendo aquello que deseaba ver.
Me contestó:
—Eso mismo hacemos cuando reconocemos nuestra propia firma.
Años después abandoné Montevideo.
Supe que Luján murió en 1981. Entre sus papeles encontraron cientos de reproducciones ordenadas cronológicamente. La primera pertenecía a Federico Varela. La última era la fotografía de una tablilla de arcilla de Ur, anterior en varios milenios a nuestra era.
Sobre la arcilla alguien había grabado tres líneas y una curva.
No sé si se parecían realmente a la firma.
He evitado comprobarlo.
Hace unos meses recibí una carta de un desconocido. El remitente decía ser nieto de Federico Varela. Me escribía porque había encontrado mi nombre entre los documentos de su abuelo.
La carta terminaba con una observación trivial.
Decía que su hijo, que acababa de cumplir doce años, había comenzado a practicar una firma propia.
Quería que fuera distinta de la de su padre.
Al pie de la carta, el hombre había firmado.
Reconocí el ángulo inicial, los dos grandes trazos y la curva que regresaba sobre sí misma.
Durante algunos minutos pensé en Luján, en los archivos, en los padres que copian a sus padres y en los hijos que creen rebelarse contra ellos reproduciéndolos.
Después pensé algo peor.
Busqué mi documento.
No había reparado nunca en mi propia firma.
La observé.
El parecido era remoto, pero suficiente.
No he vuelto a firmar desde entonces.

jueves, 30 de julio de 2026

LA OTRA SALIDA


«Nadie sale indemne del rostro que los otros le atribuyen.»
—Fragmento de un cuaderno encontrado en el Norte.



Hay quienes sostienen que los laberintos fueron concebidos para impedir la fuga. Sospecho lo contrario. Todo laberinto es una forma de demorarse en la búsqueda de una salida que acaso no exista. La línea recta es la superstición de quienes nunca estuvieron perdidos.
Conocí a dos hombres cuyo destino consistió en recorrer un mismo laberinto bajo arquitecturas distintas.
Uno ignoraba el mundo. Sabía de corredores, patios innumerables y de una claridad que descendía, algunas tardes, desde un sitio inaccesible. Creía que el universo podía reducirse a una casa cuya perfección residía en repetir eternamente sus formas. No se sentía preso de sus muros. Se sabía cautivo de una espera cuyo sentido ignoraba. Tal vez la espera fuera el verdadero edificio.
El otro ignoraba la casa. Aprendió que el horizonte puede ser otra clase de pared y que los caminos, aun cuando prometen libertad, suelen conducir con obstinación hacia el primer dolor. Cruzó ciudades, bosques, hielos y mares; jamás consiguió alejarse del instante inicial que lo había expulsado del sueño. Sospechó, más de una vez, que el mundo era un laberinto cuya única salida consistía en recorrerlo entero. Más tarde comprendió que ni siquiera esa empresa —si es que el mundo admite un entero— bastaría.
Uno atribuía su desdicha al encierro; el otro, al mundo. Ambos confundían el escenario con la causa, porque ningún muro encierra tanto como una memoria.
No hablaron. Las conversaciones verdaderas prescinden de palabras. Basta que una conciencia descubra en otra la forma secreta de su propia herida. Hay diálogos que necesitan una voz; otros —más antiguos— se limitan a esperar que dos pensamientos recorran la misma galería.
Uno sospechaba que el miedo habitaba en el rostro de los hombres. El otro comprendió que eran los hombres quienes depositaban el miedo sobre ciertos rostros. Ninguno llegó a saber si el monstruo nace de la carne o de la mirada ajena; quizá esa incertidumbre sea la única definición posible.
Los dos aguardaban un padre. Uno heredó un reino del que nunca pudo abandonar; el otro heredó una existencia que nunca pidió. Los dos fueron educados por el abandono. No es imposible que todas las genealogías desemboquen, tarde o temprano, en esa forma del desamparo.
Con el tiempo descubrieron que la monstruosidad no es una condición del cuerpo, sino una interpretación ajena. El sufrimiento, en cambio, rara vez necesita intérpretes.
El primero imaginaba que alguien recorrería, alguna vez, los interminables corredores para concederle aquello que ningún espejo otorga: el conocimiento de sí. El segundo creyó que bastaría atravesar el mundo para abandonar el primer cuarto donde abrió los ojos. Ninguno comprendía que ambos buscaban la misma puerta.
Los hombres suelen creer que existen muchos laberintos. Los marinos los llaman océanos; los geógrafos, continentes; los arquitectos, ciudades; los filósofos, tiempo; los teólogos, destino. Acaso todos designen la misma cosa. O acaso el error consista en creer que los nombres multiplican aquello que permanece idéntico.
Uno esperaba a un redentor. El otro fabricó al suyo bajo la forma de una persecución interminable. También esa diferencia era ilusoria, porque la redención y la venganza son, a veces, nombres distintos para una misma esperanza. Hay destinos que parecen contrarios y, sin embargo, se buscan desde siempre; quizá desde antes del primer hombre, quizá desde la primera sombra.
He pensado —sin demasiada convicción— que ambos recorrieron el mismo laberinto. Uno creyó habitarlo desde el centro; el otro, desde la periferia. Ignoraban que todo centro termina siendo una periferia cuando el laberinto decide prolongarse.
Muchos siglos después, un lector creyó descubrir que aquellas dos vidas eran paralelas. Otro sostuvo que una simbolizaba el encierro y la otra la errancia. Un tercero habló de la inocencia del monstruo. Ninguno advirtió que el manuscrito que leían había omitido un detalle.

domingo, 26 de julio de 2026

PENSAMIENTOS 2


Hay heridas que no se ven.
Son esas que no sangran,
pero arden cuando alguien
se acerca sin avisar.
No porque no queramos cariño.
Sino porque ya hemos aprendido,
a fuerza de golpes, que hay manos
que no abrazan: invaden.
Y cuando eso pasa,
el cuerpo se encoge antes que el alma.
No es desprecio.
Es memoria.
Es el instinto que nos enseñó
a proteger lo que aún late.
A veces, el otro llega con flores
y uno solo puede ver las espinas.
No es que no valore su intento.
Es que ya no confía en las buenas intenciones.
Porque demasiadas veces,
las buenas intenciones también lastimaron.
Y entonces uno prefiere el silencio.
La distancia.
El borde.
Desde ahí duele menos.
Pero hay algo que el tiempo —ese terco maestro—
nos va mostrando en voz baja:
No podemos sanar a nadie.
No podemos cargar lo que no nos pertenece.
No podemos salvar a quien no quiere
ser salvado.
Y aunque nos parta el alma,
soltar es un acto de amor.
No es abandono.
Es respeto.
Es entender que cada quien
tiene su propio reloj, su propio camino,
su propia manera de despertar.
Dejar ir también es quedarse.
Es quedarse con la certeza
de que hicimos lo mejor que supimos
con lo que teníamos.
Es confiar en que la vida
—esa que siempre sabe—
hará lo que nosotros ya no podemos.
Soltar es dar espacio para que el otro
se encuentre consigo mismo.
Y apostarle, todavía,
a que ese encuentro lo haga libre.
Eso también es amar.
Y amar bien.
Amar muy bien.
Romi Ponzio

sábado, 25 de julio de 2026

PENSAMIENTOS 1


No todo el que golpea una puerta está buscando entrar.
A veces solo quiere comprobar que del otro lado todavía hay alguien.
Hay personas que aprendieron a esconder el miedo detrás de una carcajada. Otras lo disfrazan de enojo, de silencio, de orgullo, de una frase seca que parece echarte cuando, en realidad, te está rogando que te quedes.
Porque nadie nace sabiendo cómo decir: "me duele", "abrazame", "tengo miedo", "no quiero estar solo".
Entonces inventamos idiomas. Uno llora. Otro discute. Otro desaparece. Otro sonríe demasiado. Cada cual hace con su herida lo mejor que puede.
No juzgues tan rápido las formas. Las personas no siempre eligen el modo en que el dolor aprendió a hablar por ellas.
Hay días en que una pregunta sincera vale más que un consejo. En que un silencio compartido cura más que cien discursos. En que una mano apoyada en un hombro le recuerda a alguien que todavía pertenece al mundo.
Qué poco cuesta, a veces, mirar de verdad.
Mirar sin reloj. Escuchar sin preparar la respuesta. Abrazar sin medir. Quedarse aunque no haya nada para resolver.
Porque hay batallas que no necesitan héroes.
Solo necesitan que alguien no se vaya.
Y quizás, cuando llegue el día en que seas vos quien no encuentre las palabras, descubras que la esperanza siempre tuvo el mismo rostro:
alguien que decidió quedarse un rato más, sin preguntar demasiado, haciendo del cariño un lugar donde descansar.
Porque, al final, todos cargamos alguna ausencia.
Y casi siempre, la forma más hermosa de ayudar es recordarle al otro que no tiene por qué cargarla en soledad.


Romina Ponzio

sábado, 16 de mayo de 2026

Entre niños e Imperios

Nunca entendí por qué los grandes se creen dueños de las cosas apenas las nombran. Yo también lo hacía de chico. Veía una hormiga y decía “mi hormiga”. Veía una piedra brillante y decía “mi tesoro”. Si un perro me seguía dos cuadras, ya sentía que me pertenecía. Quizás todos los niños creen que el mundo empieza cuando ellos lo miran. Nosotros también. Durante meses viajamos sobre un agua interminable, convencidos de que delante nuestro no podía existir nada que no hubiera sido pensado antes por nosotros. El océano era tan largo que parecía un castigo. A veces el cielo y el mar se unían en una sola línea azul, como si Dios hubiera cerrado el mundo con una costura. Los hombres empezaban a pudrirse de miedo. Dormían abrazados a estampitas, rezaban, lloraban escondidos. Algunos juraban que caeríamos por el borde de la Tierra. Otros decían que monstruos gigantes nos estaban siguiendo bajo el agua negra. Pero yo seguía mirando adelante. Porque los niños creen que detrás de cada puerta hay algo nuevo. Y los hombres como nosotros también, solo que después le ponen bandera. La noche anterior al descubrimiento casi nadie durmió. El viento olía distinto. Había ramas flotando. Un pedazo de madera trabajada por manos humanas. El mar empezaba a hablar un idioma terrestre. Entonces apareció. Primero fue una sombra. Después una mancha verde. Después pájaros. Después humo. Y finalmente ellos. Salieron entre los árboles semidesnudos, observándonos con una mezcla extraña de miedo y curiosidad. No parecían sorprendidos por el cielo ni por el mar. Nos miraban a nosotros como si fuéramos animales raros escapados de otro mundo. Uno de mis hombres cayó de rodillas y besó la arena. Otro levantó una cruz. Otro lloró. Yo sonreí. Porque en ese instante sentí la emoción más peligrosa que puede sentir un ser humano: la ilusión de haber encontrado algo virgen para su ambición. Ellos nos ofrecieron agua. Nosotros les ofrecimos nombres. Ahí empezó todo. Recuerdo especialmente a un niño. Tendría mi edad cuando yo todavía creía que las hormigas me pertenecían. Se acercó despacio y tocó la tela roja de mi capa. Sus ojos no tenían miedo todavía. Solo curiosidad. Me miró como se mira una tormenta lejana. Yo debería haber entendido algo en ese momento. Debería haber comprendido que un pueblo que recibe con las manos abiertas no sabe todavía que existen hombres capaces de cerrar el puño. Pero nosotros veníamos de un mundo donde todo tenía dueño: la tierra, el oro, los cuerpos, las ideas, hasta Dios. Y cuando uno vive así demasiado tiempo, termina creyendo que descubrir es lo mismo que poseer. Esa fue nuestra enfermedad. Decíamos “civilización” igual que un incendio podría llamarse a sí mismo “luz”. Ellos ya tenían canciones antes de escucharnos rezar. Ya tenían dioses antes de nuestras cruces. Ya tenían historia antes de nuestros mapas. Pero nosotros escribíamos libros. Y los libros europeos tienen la mala costumbre de confundirse con la verdad. Años después, otros hombres hablarían de gloria. Dirían que fuimos valientes. Que atravesamos mares imposibles. Que expandimos el mundo. Nunca dirían que también trajimos hambre con armadura, codicia con Biblia y muerte vestida de imperio. Los niños creen que el mundo empieza cuando ellos lo descubren. Los imperios también.

jueves, 7 de agosto de 2025

El día menos pensado

Jorge nunca supo en qué momento se desvió del camino. Había salido temprano, decidido a volver a casa con tiempo para cebarse unos mates con su esposa antes de empezar la jornada. Pero en un cruce mal señalizado, en una ciudad que apenas conocía, tomó una calle lateral que creyó que lo llevaría a una avenida principal. No fue así.
El GPS dejó de funcionar al instante. La pantalla quedó congelada, el cursor clavado en un limbo gris sin nombres ni calles, como si el sistema se negara a reconocer ese lugar.
"Debe ser una zona muerta", pensó. No le dio importancia.
Decidió entonces aplicar la lógica simple de cualquier conductor perdido: tomar una calle y seguirla derecho, sin detenerse ni doblar, hasta salir del barrio. Así lo hizo. Aceleró con determinación por una calle angosta, con casas bajas, muchas sin numeración, persianas bajas y árboles desproporcionadamente quietos.
Eran las 9 de la mañana. El sol brillaba con esa claridad engañosa que ni calienta ni ilumina del todo. Jorge pensaba en los mates, en su esposa leyendo en la cocina, en el olor del pan tostado.
Hasta que un auto lo chocó por detrás.
El impacto fue seco, repentino. Miró por el retrovisor y vio un sedán gris, con el capó hundido. No bajó. Ni siquiera pensó en hacerlo. Estaba cansado, confundido, sin paciencia para discusiones de tránsito. No se fijó en la patente. Solo apretó los dientes y siguió derecho.
El tiempo empezó a estirarse. Jorge seguía manejando por la misma calle. Intentó cambiar de rumbo, pero cada bocacalle llevaba a otra igual. Las casas se repetían. Una mujer regaba las plantas sin moverse. Un perro dormía en la misma baldosa. El cartel de una panadería cerrada parecía siempre el mismo.
Hasta que lo entendió: la calle giraba en círculo.
Lo confirmó al pasar nuevamente por una esquina con un mural de colores desteñidos que ya había visto al menos tres veces. El barrio lo tenía atrapado. No sabía desde cuándo. No sabía cuánto tiempo llevaba dando vueltas. El reloj marcaba las 11, luego la 1, luego las 9 otra vez. No podía confiar en él.
En un momento —quizás por costumbre, quizás por resignación— Jorge se quedó mirando por la ventanilla, hipnotizado por el paisaje repetido.
Y fue entonces que sintió el golpe.
Otro choque.
Pero esta vez, él había sido quien chocó desde atrás.
Pisó el freno con violencia, bajó apurado, nervioso, deseando que el conductor no fuera de los que se ponían violentos.
—Disculpe, fue sin querer, le paso los papeles del seguro —balbuceó.
Y entonces lo vio.
El auto chocado era el suyo.
La patente: EMG 609.
Exactamente la misma.
Pero no era su espejo. No era un reflejo. Era otro auto. Su auto. El mismo. Inexplicablemente.
Se quedó helado.
Giró la cabeza hacia su propio vehículo. Su patente también era EMG 609.
El mismo color. El mismo modelo. Las mismas abolladuras.
Y, como si el mundo decidiera darle un último empujón al abismo, miró su reloj:
9:00 a.m.
Otra vez.

viernes, 1 de agosto de 2025

El pueblo del audio

Había una vez un pueblo llamado San Martirio, perdido entre las sierras y las nubes, donde la costumbre más arraigada no era tomar mate ni mirar el noticiero, sino grabar audios de WhatsApp mientras se manejaba.
Allí, cada mañana, cientos de motores se encendían al mismo tiempo que se apretaba el botón del micrófono. Las calles estaban llenas de autos que avanzaban lento, zigzagueando, mientras sus conductores hablaban sin parar:
—“Hola mamá, estoy yendo a la panadería, ¿me dijiste chipá o medialunas?”
—“Juancho, pasame la dirección de la abogada… no, la otra… la del divorcio…”
—“Genteee, escuchen este audio… ¡tienen que escuchar esto!…”
No importaba si llovía, hacía calor, o había embotellamiento. Lo esencial era mandar audios. Nadie atendía llamadas ni escribía. Solo audios. Largos, con música de fondo, saludos eternos y miles de “bueno… nada, eso”.
Hasta que llegó el día de la tormenta.
El cielo se volvió negro como petróleo al mediodía. Un viento caliente, raro, sopló por todo San Martirio. Las nubes rugieron con truenos y una lluvia furiosa cayó sin aviso.
Aun así, nadie se detuvo. Los autos seguían andando. Los audios seguían fluyendo.
—“Che, re loco el clima… ¿te conté lo de Sandra?...”
Fue entonces cuando ocurrió lo inevitable.
Una señora que mandaba un audio para avisar que iba tarde al médico no vio que la camioneta de adelante frenó.
Un joven que mandaba un audio quejándose de la tormenta dobló sin mirar.
Un padre que hablaba con su hija por WhatsApp mientras buscaba la dirección del club no vio el semáforo en rojo.
Uno a uno, los autos comenzaron a chocar.
No fue una colisión. Fue una cadena. Una orquesta de bocinazos, chapas dobladas y vidrios rotos.
Las ambulancias llegaron, sí. Pero todos estaban heridos: piernas rotas, costillas astilladas, cabezas golpeadas.
La sala del hospital no alcanzaba para tantos.
Esa noche, San Martirio no durmió. No hubo audios. Solo silencio.
Y el eco de lo que nadie quiso escuchar antes: que ningún mensaje vale más que una vida.
Desde entonces, el pueblo cambió.
Pintaron murales con carteles que decían:
> “Un audio puede esperar. Tu vida no.”
Instalaron cámaras en cada esquina. Se armaron campañas, charlas en las escuelas.
Los autos ya no traqueteaban por el pueblo hablando solos.
Los conductores miraban al frente.
Y el botón de grabar… quedaba en silencio.
Porque aprendieron —tarde, pero aprendieron— que no hay peor audio…
que el último.